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Felipe Hipólito Medina

Por Felipe Hipólito Medina para El Tribuno de Salta

 

 

Esta semana vivimos acontecimientos especiales, no solo los cristianos, sino toda la sociedad que se apresta a detener la rutina de las actividades para dar lugar a un espacio espiritual que trasciende la propia creencia.

La Pascua de este año tiene un sabor especial, sobre todo en nuestra provincia. Más allá de las penurias económicas y financieras que está pasando gran parte de la población, sobre todo los sectores medios y productivos, cuando se achicó la brecha entre la pobreza digna y la miseria, con sueldos que van por escaleras, y servicios, impuestos y bienes de consumo que suben por ascensores. Más allá de esas penurias, nuestro país asiste al debate vergonzoso e inconstitucional de la despenalización del aborto, ya que el derecho a la vida desde la concepción en el vientre materno, así como la vida de la madre que lo está gestando, están claramente protegidas en nuestra Constitución Nacional y en el Nuevo Código Civil.

Mientras celebramos la Pascua, celebramos la vida, la vida nueva a partir de la Resurrección de Cristo que venció a la muerte con su propia muerte invitándonos a vivir la cultura de la vida, de la libertad, de la alegría, frente a la cultura de la muerte, la esclavitud y del miedo y la tristeza. Me atrevo a decir que se debería en justicia, al menos, consultar al pueblo argentino con un plebiscito, y estoy convencido de que más allá de las encuestas fraudulentas que se difunden, nuestro pueblo apuesta a la vida. Está en su ethos más profundo y muchos políticos le tienen miedo al pueblo que cuando se expresa libremente hace tronar el escarmiento.

En el ámbito de nuestra Salta y en otras provincias hay una militancia de la laicidad. Y no hablamos de un justo laicismo, sino de esa absurda obsesión de borrar a Dios de la historia. Eliminaron elegantemente, repartiendo culpas hacia fuera, la posibilidad de hablar de Dios, de la trascendencia, de la fraternidad universal a partir de la filiación divina en los espacios de la educación pública. Tan absurdo como prohibir los huevos de pascuas en las escuelas públicas o jardines de infantes, por considerarlos un objeto confesional. ¿Pretenderán, acaso, prohibirnos llevar colgados en el cuello o en una pulsera alguna medalla o crucifijo, o hacernos la señal de la cruz en público y encerrar, así, las manifestaciones religiosas al ámbito estrictamente privado? Un nuevo fundamentalismo ateo que hace una religión de la imposición de la increencia. Dejen a los chicos romper los huevos de pascua en las escuelas o en sus casas, y piensen que el chocolate que se le regala en las escuelas, para no pocos niños, es la única gran experiencia de una golosina.

La Pascua es paso, es un momento dinámico que implica movimiento, y se pasa de lo viejo a lo nuevo, de la muerte a la vida, del pecado a la gracia. Romper los huevos y encontrar en ellos una sorpresa simboliza la vida nueva que se gesta en ellos, y que vale toda vida, y es buena y debe ser celebrada. Somos herederos de un patrimonio intangible que es histórico, místico y cultural, nuestra religiosidad popular, que implica una visión trascendente del hombre y del mundo, un espíritu fraterno y solidario, y además, un profundo respeto por toda expresión de vida, desde la humana, la vida animal y la vegetal, y de toda la naturaleza creada que clama por una existencia en armonía.

Felices Pascuas, vale toda vida.