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María Irene Romero

Por María Irene Romero para El Tribuno
 
Entre las novedades que trajo la llegada del europeo a las tierras americanas, y a las que se fueron acostumbrando y acomodaron los pueblos originarios, se encuentra la celebración de la fiesta de carnaval.

Esta festividad, de extracción pagana, precede a la Pascua que, según regla de la antigua iglesia romana, aprobada por el Concilio de Nicea, se celebra en el primer domingo después del día decimocuarto de la luna del mes primero, pasado el equinoccio de invierno. (Aracena Domingo, América Pontificia o Tratado Completo de los privilegios que la Silla Apostólica ha concedido a los católicos de América Latina. Imprenta de la Moneda, Santiago de Chile, 1800)

El origen de su celebración se encuentra en las fiestas paganas como las que se realizaban en Roma en honor a Baco, el dios romano del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que tenían lugar en honor del toro Apis en Egipto.

Algunos historiadores las remontan a Sumeria y Egipto hace más de cinco mil años y se encuentran reflejadas en los relieves de basalto y diorita desde la IV dinastía egipcia y en la ciudad estado de Sumer (González Martín, Historia del Arte, Gredos, Madrid, 1996), con celebraciones muy parecidas en la época del Imperio Romano, desde donde se expandió por Europa. Los navegantes españoles y portugueses trasladaron esta costumbre a América a partir de fines del siglo XV.

La etnología encuentra elementos de supervivencia en las fiestas andinas prehispánicas y en las culturas africanas.

Agua y huevazos por doquier

El carnaval empezaba con solapada moderación. En la tarde del domingo anterior al miércoles de ceniza, una persona podía caminar tranquilamente por cualquier calle de Buenos Aires y ser sorprendida por una bonita mujer que, sentada tras la reja de su ventana, lo rociaba con agua de colonia. También era frecuente ver algún dandy arrojando agua de rosas hacia el interior de un balcón.

Se entraba de visita en una casa y gentilmente una doncella lo rociaba con agua perfumada que expelía de una jeringuilla de marfil. Claro que también se podía recibir un huevo de teruteru en la cabeza, pero lleno de agua de mil flores que perfumaban al agredido y sus alrededores.

El lunes las calles aparecían, aquí y allá, como si hubieran sido regadas. De pronto el paseante se sentía literalmente empapado, pero ya no con agua de mil flores sino con agua común. Apenas se detenía de mal humor y trataba de secarse, otra descarga súbita procedente del otro lado de la calle le caía como una ducha.

Todo el que iba por la calle recibía una jarra de agua encima y se iniciaba la lucha entre una y otra azotea: desde la calle con jeringas enormes se empapaba a quienes estaban apostados en los techos, y desde éstos se respondía con huevos llenos de agua que se venían preparando desde semanas atrás.

Pero ni los festejos del domingo y del lunes podían compararse a los del martes. Como si los dos primeros días hubieran sido más que un ensayo general, la terrible batalla llegaba al último día. Se hubiera dicho entonces que Buenos Aires era una ciudad de manicomio, que todos los ocupantes de estos últimos hubieran sido puestos en libertad. Bañaderas, cubas, jarras, botijos, palanganas y toda la vajilla posible, se disponían llenas de agua en las azoteas.

Una familia entablaba lucha carnavalesca contra otra y corrían verdaderos arroyos por las calles, el agua cubría los patios y llegaba al interior de las habitaciones.

A veces, arrastradas por el paroxismo, las mujeres bajaban a la calle para poder estar más seguras de poder empapar a determinados caballeros. Una pandilla de hombres jóvenes se introducía en una casa y aparecía en la azotea, lidiando con quienes allí vivían, todos empapados hasta la piel.

Los combates en las calles eran rudísimos, casi salvajes; los jinetes atacaban a los jinetes, a veces salían a relucir cuchillos. Los huevos de avestruz cruzaban el aire como bandadas -por su tamaño, a veces eran fatales- y como todos andaban chorreando agua, las personas como los caballos, los vestidos de las señoras adheridos al cuerpo y a sus formas manando agua como si acabaran de salir de un baño, la impresión del espectador sereno era que en la ciudad se había desatado la locura general.

Aloja, chicha y albahaca

En medios rurales los preparativos para la fiesta comenzaban mucho antes que el carnaval. Largas caravanas, montadas en asnos aporreados y hambrientos, abandonaban sus pueblos para ir a pasar unas semanas a la sombra de los algarrobales. Era llegado el tiempo de recoger las vainas que ya amarilleaban y hacerlas fermentar hasta producir la cantidad de bebida necesaria para la fiesta.

Mientras tanto, los ranchos quedaban desiertos, sus puertas tapadas con un cuero, y en las aldeas solo se oía la voz del silencio.

En el campo, una vez improvisados los precarios albergues, hombres, mujeres y niños trepaban a los algarrobales para recoger el preciado fruto. Por la tarde y a la noche se formaban círculos de donde brotaba la melopea de las vidalitas clásicas de carnaval -que el paisano entendido compone- letras de cuatro versos ya aimarás, ya quichuas, ya quichua y castellano, ya únicamente castellano.

Así, entre el rumor creciente de las guitarras, los bombos, las quenas y los violines de cuerda de tripa, iba anticipándose la chaya, esa fiesta inmortal de los indoamericanos en el área andina. Una vez terminada la cosecha, el paisanaje retornaba a sus aldeas.

Así, al llegar la chaya carnavalera, estaba lista la algarroba, fermentada en añejas vasijas de barro.

Entonces, desde el primer día de carnaval, comenzaban las carreras, a caballo y a pie, los bailes en los ranchos o en la pulpería, vidalitas y relaciones a toda hora, topamientos y juegos de las comadres, aloja el día entero. Desde el Alto Perú, se tiene el aporte de la chicha.

Se sucedían los gritos, aplausos, baldazos de agua, puñados de almidón y harina con clavo de olor, que no era lícito limpiar o quitar del rostro de las muchachas alegres y retozonas, vestidas con polleras de múltiples colores y pañuelo colorado al pecho, o la de los hombres de largas botas, con el sombrero encasquetado hasta los ojos y adornados con gajos de olorosa albahaca.

La chaya reina sobre un jolgorio que vacila hasta que nadie puede tenerse ya en pie, alcohol mediante.

Correlato necesario de estas festividades profanas es que cuando se quiere comprender el folclore americano, es preciso interpretarlo en su fuente genuina, en su ambiente originario de alegría o de tristeza, sabio o melancólico, indignado o humorístico, en la variadísima gama de matices que sabe darle su único autor, el pueblo anónimo.

Entre las cadencias del baile, las estrofas de las relaciones, la algarabía generalizada, el perfume de la albahaca, el agua que corre por doquier, los vapores de la chicha y de la aloja, se amalgaman los elementos que confluyen en la creación musical, en lo profundo de los sentidos y sentimientos americanos.

Un bellísimo ejemplo lo configura la letra y música de La Pomeña de Manuel J. Castilla y Gustavo Leguizamón: “porque te roban Eulogia carnavaleando”.

El carnaval deviene así en un espacio de privilegio para la composición y la interpretación folclórica. Lejos de ser su objetivo, sin embargo el carnaval contribuye al rico acervo de la cultura americana.

El retorno a la cordura... 

La celebración de las fiestas carnestolendas, ya fuera en los ámbitos urbanos o rurales, degeneraba en una explosión de vida licenciosa del pueblo cristiano en esos días de desenfreno, pues en esos tres días que anteceden al ayuno solemne de la cuaresma, parecía que los cristianos abandonaban las enseñanzas de Jesucristo, para ofrecer un incienso nefando en las aras de Baco y de Venus. En ese tiempo se abandonaba el pudor y sofocando todos los sentimientos que la religión inspira, se entregaban descaradamente a la embriaguez, la lascivia y toda clase de excesos. Cabe recordar la estrofa de una conocida zamba que le atribuye al carnaval: “como olvidarte Cerrillos si por tu culpa tengo mujer” (Abel Mónico Saravia y Marcos Tames).

Contradictoriamente, el ayuno que se preanunciaba y que la Iglesia había instituido santísimamente para remedio de los pecados, era un requisito para entregarse a ellos y como si la relajación e inmoralidad sirviesen para disponerse para practicar la virtud.

Anexo a la práctica de ayuno, de misa penitencial correspondiente al Miércoles de Ceniza, la Iglesia instituyó la oración de las cuarenta horas, derrotero necesario para limpiar el alma que transitó el desenfreno carnavalero.

De vuelta a la rutina

El Miércoles de Ceniza, además de dar inicio al período de Cuaresma, traía otra novedad: era el día en que los escolares retornaban a las aulas, inaugurándose el período lectivo. Costumbre de los tiempos virreinales y que continuó posteriormente a la organización nacional.

Día odiado por muchos escolares al decir de Bernardo Frías en sus “Tradiciones Históricas” (Eucasa, Salta, 2013) día antipático el Miércoles de Ceniza. Y cómo no, si apenas pasado el martes de Carnaval el más alegre, el más agitado, el más lindo de los días, llegaba aquel traspaso brusco, como del cielo a los infiernos, donde habría que ver después de la alegre y bulliciosa mascarita de la comparsa, la cara del maestro de escuela, para los muchachos, peor que una máscara infernal.

Bernardo Frías lo rememora como día amargo entre los más amargos. Y es que el temprano tañido de la campana, cerraba los días de diversión para los niños y jóvenes, y abría el espacio de los deberes, de la seriedad y observancia de la rígida disciplina que se observaba en esas lejanas jornadas. Era el tiempo del reencuentro con el latín y las matemáticas, de la gramática y el catecismo del padre Astete.

Pero también de recuperar la idea tan española como americana que “la letra con sangre entra”, otra faceta penitencial anexa de la pedagogía en aquellos días. De suerte tal, que los escolares añadían otro elemento de contrición espiritual en sus deberes y disciplina cuasi espartana.

El Miércoles de Ceniza ponía fin a los excesos y los cristianos tornaban a las oraciones y labores cotidianas. Habría que esperar un año para el triduo de desenfreno, algarabía enloquecida y liberadora de pasiones.