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Luis Borelli

Fue docente y un artista en toda su dimensión. Sus alumnos recuerdan sus ocurrencias e inapelables apodos.

Luis Borelli para El Tribuno Salta

 

Caminaba echado para atrás, como tratando de equilibrar con la espalda el volumen de su vientre. Pero no era “un echado para atrás”, por el contrario, era un hombre sencillo que cuatro veces a la semana daba clases de Historia y Literatura en el Colegio Nacional de Salta. 

Por eso, quienes tuvimos el privilegio de ser sus alumnos guardamos los recuerdos de sus lecciones, sus ocurrencias, anécdotas y también de sus inapelables apodos. Pero nos queda también, como es mi caso, una especie de culpa por no haberlo valorarlo en su verdadera magnitud. Claro, éramos adolescentes y no nos dábamos cuenta de que entre nosotros, todos los día, se paseaba un hombre talentoso, un creador nato, un artista en toda su dimensión y al que el viernes pasado, Salta le rindió un merecido homenaje en el centenario de su natalicio.

Los apodos

Muchos de los que compartimos días y horas en el Colegio Nacional, llegamos a conocer varios aspectos de Gustavo Leguizamón. Por ejemplo, le temíamos cuando nos “clavaba” la mirada. Era señal de que estaba a punto de ponernos un apodo, un apelativo que en el acto nos podía transformar en el hazmerreír de 45 “zanguangos”, como él solía decirnos. 

Y eso era lo peor, pues tras el apodo había, además, que aguantarse las cargadas de los compañeros, siempre dispuestos a festejar esas geniales tropelías: “cara i’ guagua”, “cuchi yuto”, “enano frustrao”, “vieja recién bañada”, “caballo cansao”, “perro criollo”, “cuchi con sueño”, “gato mojado”, “plato i’ mora” y cientos más; y entre ellos, el que me “zampó” a mí en menos de lo que canta un gallo: “suri elegante”. 

Un profesor de a pie

Aún lo recuerdo cuando cadenciosamente caminaba por la mañana, rumbo al Colegio Nacional. Teníamos un itinerario común pues él vivía en Balcarce al 600, y nosotros, que viajábamos en tren desde Cerrillos, bajábamos por la misma calle para ir al Nacional. 

Caminaba casi a las zancadas, con sus eternos zapatones marrones bien lustrados, plantas de goma gruesa y con llamativas medias con rombos de colores. Hasta en eso era un transgresor.

Por lo general, llegaba al colegio caminando por el Paseo Güemes, vereda de la Antipalúdica (así se llamaba). Iba como abstraído, siempre silbando alguna melodía y con sus manos en los bolsillos. No recuerdo haberlo visto de traje. Gustaba del saco sport, camisa y corbata al tono, y de vez en cuando un moñito. Entonces decía: “Hoy mi venío de avión, zumm, zumm, zumm”. 

Si bien era amigo de hacer bromas, ninguno de sus alumnos éramos capaces de faltarle el respeto. Muchas veces, sobre todo cuando ya estábamos en cuarto año, solía hacernos comentarios sobre sus creaciones musicales. Más de una vez nos llevó al salón de música del colegio donde estaba el piano de cola, para hacernos escuchar su última composición. Lamentablemente, salvo raras excepciones, la mayoría no supimos apreciar el gran valor de su talento.

Vallejito

Una vez, un compañero nuestro, Vallejito, como le decía él, hijo del músico y maestro César Vallejos, le preguntó si era el autor de la zamba “Lloraré”. Dijo que no, que solo había “arreglado” esa vieja zamba salteña. Pero esa pregunta de Vallejito dio lugar a que el profesor Leguizamón nos diera una verdadera lección de historia de zambas y “chilenas”, música esta que había llegado hasta estos valles, traídas por los arrieros que llevaban ganado a Chile. “Las chilenas son como zambas aligeradas”, explicó. 

Prueba escrita por “opas y badulaques”

Una mañana que el profesor Leguizamón llegó de buen talante, pues como todos, tenía sus días, nos comentó que iba a preparar un concierto de campanas y silbatos de locomotoras a realizarse el 20 de febrero de 
1963, en el marco del Sesquicentenario de la Batalla de Salta.

Nos contó casi al detalle cómo sincronizaría los distintos sonidos emitidos por las campanas y por las locomotoras a vapor. Y el concierto lo concretó meses después (20 de febrero de 1963), pero solo con las campanas.

Y he aquí una anécdota. Pasado unos días de aquella charla tan amena sobre el futuro concierto, un compañero de curso, ligeramente pícaro, creyó que podría evitar dar la lección del día, tirándole la lengua sobre el tema. “Profesor, -le dijo- ¿por qué no nos habla del concierto de las campanas?”. 

Leguizamón, que tenía por hábito caminar por el aula, se dio vuelta, lo miró fijo y le espetó: “Pasá a dar la lección”. Y el pícaro, ahora con voz apichonada, le respondió: “No sé, profesor, no i’estudiao...”. Y la repuesta no se hizo esperar: “Entonces ¡cero!, mequetrefe; yo te voy a dar conciertito de campanas...¡Cero!”. Y por supuesto, de inmediato se escucharon risas burlonas dirigidas al aplazado. De nuevo el profesor giró sobre sus talones, se sentó en el escritorio, nos miró serio y en medio de un silencio sepulcral dijo: “Saquen un papel. Prueba escrita por opas y badulaques”.

Los sapos achinados de La Isla de Marrupe

Con Jaime Dávalos, llevó sapos del Valle de Lerma a Cafayate y a poco, cambiaron de voz.

La incorporación a mitad de año de un alumno cordobés dio motivo a Leguizamón para desarrollar una teoría sobre las tonadas regionales. Para él, las tonadas tenían que ver con el medio donde el hombre vivía. Y ese medio, también influía en los animales. 

“El quitupí no canta igual aquí que en Buenos Aires. El de allá no es tan armonioso como el nuestro; hasta el plumaje cambia; el quitupí norteño es bien afinado y tiene un plumaje hermoso, brillante, distinguido..., en cambio el de los porteños es medio deslucido, de canto apagado y medio desafinado. Más aún, allá le dicen “bicho feo” por su trinar, en cambio en Salta y Jujuy el quitupí, canta clarito, y además, es medio meteorólogo, pues suele anunciar el fin de las tormentas de verano”. 

Y, para reafirmar su teoría, nos contó lo de los sapos. Dijo que una vez, estando en una finca de Cafayate con Jaime Dávalos, habían caído en cuenta de que en una laguna vecina, los sapos cafayateños croaban más agudamente que los que el “Poncho” Marrupe tenía en La Isla, y a los cuales estaban habituados escuchar. 

Así es que con Jaime resolvieron en su próximo viaje a Cafayate, volver con una buena carga de sapos de croar grave, procedentes de La Isla. De esta manera, estaban seguros de que mejorarían el concierto lagunero.

Un buen día, Leguizamón y Dávalos cumplieron sus deseos. Antes de partir a Cafayate, pasaron por el “Poncho” Marrupe, recogieron dos bolsas de “sapos machos” y marcharon.

Ya en Cafayate, se arrimaron a la laguna y sembraron la orilla con sapos marrupeños. A los dos días regresaron a la laguna en horas del atardecer y, efectivamente, el concierto había mejorados con los recién llegados. 

Los sapos graves combinaban bien con los agudos cafayateños. Más de una semana los estuvieron escuchando con suma atención. Y así es que un día, ya satisfechos con el coro que habían armado, regresaron a Salta, “más contentos que opa en sulqui”.

A los seis meses, ya al final del verano, Leguizamón se dio una vuelta por Cafayate y lo primero que hizo fue visitar la laguna. Pero ¡oh! sorpresa. Los sapos del “Poncho” Marrupe se habían achinado y ahora croaban como cualquier batracio cafayateño.
Esto, le sirvió a Leguizamón para que nos explicara uno de los porqués de las tonadas provincianas. Y de ahí pasó a explicar las distintas tonadas de los copleros. “No canta igual un coplero de La Poma o Cachi, que el del Valle de Lerma o de Anta, o de Orán. Son distintos”, aseguraba.