LRK 350 FM La Esperanza 100.1Mhz

"Nuestro norte es el sur"..., de Salta para el mundo || S.I.L.E. Servicio Infomativo FM La Esperanza

Visitantes

Hoy 48

Ayer 161

Esta Semana 48

Este Mes 2844

Total 3606374

Currently are 68 guests and no members online

Kubik-Rubik Joomla! Extensions

 

Sin caer en un purismo excesivo y académico, molesta el descuido en el habla de políticos y periodistas, pues implica una notable desatención hacia un bien social, el idioma, que nos identifica y se nos ofrece como instrumento de comunicación.

Hemos asistido (y escuchado) al maltrato indebido del idioma en programas radiales y televisivos de todo tipo. El lenguaje es algo vivo, por supuesto, rico y versátil, los escritores lo sabemos, pero están, junto la emisión de un mensaje, el contexto, la intención y el receptor; por eso las palabras soeces y los insultos tienen que ver con esa recepción, que no es más que la consideración o no consideración del otro. En Salta, hay programas de radio que hacen gala de un increíble desparpajo al hablar, pues en ellos no se vacila en usar palabrotas y formas horriblemente vulgares y agresivas.

También funcionarios y autoridades, a menudo cometen feos errores linguísticos. No salí de mi asombro cuando el ministro de Educación de la Nación incurrió en un descuido idiomático al decir "querramos" en lugar de "queramos", una falta casi imperdonable en un ministro de Educación.

Hay periodistas que insisten en una incorrección sintáctica muy difundida en Buenos Aires, esto es, la de utilizar el pronombre "lo" que es objeto directo, como indirecto. Dicen: "Lo robó" en lugar de "Le robó" o "lo pegó" en lugar de "le pegó",

También escuché a políticos decir "copea ideas" en lugar de "copia ideas", o "dijistes" en lugar de "dijiste", "vistes" en lugar de "viste", etc.

El idioma vive y cambia, es cierto, de lo contrario no hablaríamos este latín evolucionado que es el castellano, pero ciertos criterios de conservación y cuidado son necesarios para preservar no solamente la identidad idiomática sino social y cultural. Hace poco me extrañó escuchar a un periodista de Buenos Aires en un programa televisivo decir ad-joc (­como si fuese una expresión anglosajona), en lugar de ad-

hoc (locución latina de uso corriente como superávit, déficit, currículum, etc.), lo que muestra no solamente descuido en el uso del idioma sino una deficiente formación linguística y cultural. Esta actitud ligera respecto del idioma no es una excepción, sino que expresa un modo y estilo corriente entre los comunicadores. En los medios orales, mucho más que en los escritos, se advierten expresiones descuidadas y, a veces, soeces y de mal gusto como ya hemos señalado. No proponemos una posición academicista y purista de la lengua, pero sí creemos que el idioma es un bien común y debe ser respetado como tal. Las "buenas" y "malas" palabras no poseen una validez ontológica en sí mismas, pero sí una validez funcional (la que el sistema les otorga) y un "peso" significante (pensemos en el valor de la palabra en psicoanálisis o en poesía, por ejemplo).

Algunos comunicadores creen que apelando a todo el repertorio de groserías y vulgarismos linguísticos lograrán mejores efectos en el público. Pero se equivocan, esa violencia verbal retornará de alguna manera y ese comunicador social será responsable de otras violencias.

La barbarie lingüística se instaló en los medios de comunicación orales de la Argentina. 

La realidad desborda en groserías y desechos, en catástrofes y crueldad, seguramente hay que representar esa realidad, pero no transformemos la lengua en un instrumento de violencia, de odio y vulgaridad. Tratemos de entregar a las nuevas generaciones el equilibrio del placer del idioma, su riqueza primera, su empatía comunicativa: ¿A quién se le ocurriría saludar, por ejemplo, con una maldición o una expresión grosera? En este punto fracasa la comunicación, se cae en una especie de psicosis, en la incomunicación más atroz, en la rotura del lazo social.

Claro, hay quienes enarbolan la bandera de la violencia. Los nombres de los programas televisivos van también en esa dirección: “Animales sueltos”, “Intratables”.

El descuido idiomático es notable, se utilizan los verbos impersonales como personales, se abunda en galicismos y vulgarismos fonéticos y léxicos.

Así escuchamos “aujero” por agujero en algunos candidatos políticos y gremialistas importantes, “hubieron problemas” por hubo problemas, “puedamos” por podamos o en el caso del presidente de la Sociedad Rural Argentina, escuchamos con asombro: “Este arma” en lugar de “esta arma”, pues los demostrativos mantienen su marca femenina en a, a pesar de la cacofonía con la vocal acentuada (se debe decir esta hacha, esta águila, esta hada y no este hacha, este hada, este águila) que cambia en el caso del artículo (el hacha, el hada, el águila). Además, el mencionado hablante repitió la frase mal construida varias veces a modo de recurso retórico: “Este arma, este arma, este arma”.

¡Mal comienzo para un orador! Otro error bastante común es decir: sentarse “en” la mesa para debatir, en lugar de sentarse “a” la mesa (es un poco incómodo sentarse en una mesa para discutir, y también para comer ¿verdad?).
Locutores y comunicadores repiten hasta el cansancio: “Hubieron corridas” por “hubo corridas”, pues haber es un verbo impersonal y olvidan que los verbos de entendimiento y lengua llevan objeto directo y no complemento con preposición. Dicen entonces: “Dijo de que” en lugar de “dijo que” y a la inversa, endilgan a diestra y siniestra: “Se dio cuenta que” en lugar de “se dio cuenta de que” o “el hecho que” en lugar de “el hecho de que”. 

El desprecio y maltrato del lenguaje no es ajeno al maltrato del “otro” (el semejante) y al “Otro” con mayúsculas, el “otro” de la cultura, la ley y lo simbólico que atempera las sociedades. La poesía y el arte a veces propician la desmesura porque indagan cuestiones que se sitúan más allá de los límites, de las convenciones, de las costumbres y el sentido común, para transitar territorios no convencionales (la ciencia, en algún sentido, hace lo mismo); pero la política, la educación y la comunicación no pueden permitirse la licencia de burlar el pacto social y civilizatorio.

Quizá los argentinos, tan propensos a la desmesura y los extremos, debamos poner atención en la dorada medianía y el equilibro que nos señalaran los antiguos clásicos.