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Es un atributo inseparable de la condición humana, es derecho que crea obligaciones. No tenemos que esperar perderla para recién pensar en ejercerla, reivindicarla, defenderla y valorarla.

 

Al igual que la vida humana, la libertad que le es inherente, aparece a los ojos de algunos tan natural y vulgar que no merece ocuparse de ella y, menos aún, valorarla ni reflexionar sobre su significado e importancia. Percibida de este modo, la libertad parece “eterna como el agua y al aire”.

Así como solemos reparar en la salud recién cuando ésta se quebranta, algunos aprecian la libertad cuando la pierden. Otros justifican que ella sea conculcada argumentando que la “libertad de morirse de hambre” es la única que rige en los sistemas democráticos.

La libertad como tema no cuenta para los consultores que diseñan sondeos de opinión, que incluyen preguntas sobre temas tan variados como triviales. Otro tanto ocurre con los profesionales de la crítica, y los que hacen análisis y evaluaciones políticas.

Claro que no conviene generalizar. Hay un sector que sí se ocupa de la libertad, pero lo hace para denostarla o banalizarla. Muchas veces, para hacer una caricatura de ella para mejor condenarla de modo solapado o más o menos indirecto.

En Argentina, desde la década del ‘30 con mayor virulencia, concepto y práctica de la libertad vienen siendo arrinconados y lapidados por la demonización del “liberalismo”, de parte autoritarios de derecha a izquierda. Hay no pocos argentinos que disfrutan la libertad y, simultáneamente, la desprecian.

Desde el siglo XIX, el liberalismo se definió como lo opuesto al absolutismo. Entre 1810 y 1825, en América, la Guerra de la Independencia se libró contra el absolutismo, también resistido por liberales españoles opuestos al rey Fernando VII.

En España hubo liberales para quienes “el liberalismo no era sólo una ideología económica y política, partidaria de la libre empresa y del Estado de derecho, sino también una actitud ética a favor de la emancipación del individuo de cualquier tipo de esclavitud”, señala Varela Suanzes-Carpegna.

El modo más sinuoso de atacar la libertad era, y sigue siendo, arremeter contra el liberalismo. Desde su nacimiento, panfletos y libros del nazismo, del fascismo y del estalinismo están repletos de ataques al “demo liberalismo burgués”.

El modo políticamente más rentable es identificar, confundir y reducir la libertad con el “neoliberalismo”, ese contundente matasellos peyorativo y descalificador.

El término “neoliberal” es una potente arma que clausura controversias, descalifica opiniones y abre prontuarios al ejercicio de la duda y la crítica. Junto con el agua sucia del “neoliberalismo” se arrojan la bañera del liberalismo, y al niño de la libertad.

Este manejo de las palabras no parece inocente: se usa como pala mecánica para arrancar la idea de libertad hasta a las raíces, dejando la tierra abonada para futuros experimentos autoritarios. El elogio al dictador es uno de los modos vergonzantes que asume el odio a la libertad.

Quienes expresan de modo explícito un desapego por la libertad están repitiendo la respuesta que Lenin, en 1921, dio al socialista español Fernando de los Ríos cuando le preguntó cuándo la Unión Soviética reconocería la libertad sindical.

Lenin respondió: “Nosotros nunca hemos hablado de libertad sino de dictadura del proletariado”. Añadió: “El problema para nosotros no es de libertad, pues respecto a ésta siempre preguntamos: ¿libertad? ¿Para qué?” La libertad no era un bien plasmado en leyes, sino un obstáculo a remover.

La respuesta de Lenin pudo estar en boca de Hitler, Mussolini, Franco o Pinochet. Con motivo de la muerte de Fidel Castro, aquella respuesta-pregunta de Lenin reapareció en los argumentos de defensores del régimen cubano: “Cuba no tiene analfabetos y tiene un sistema de salud ejemplar”.

Si esto es así, ¿para qué hace falta la libertad burguesa? ¿Para morirse de hambre o para caer en el reino del mal del consumismo capitalista? Los defensores de Hitler dicen que durante el nazismo, Alemania pasó de 6 millones de desocupados al pleno empleo, que su PBI creció un 50%, que el país se cubrió de autopistas, ferrocarriles, canales, usinas y que cortó la hiperinflación.

Aquello se presenta como “el estado del bienestar nazi”. “Si tenemos trabajo y créditos generosos para construir nuestras viviendas, ¿para qué queremos libertad?” El dictador Franco dejó una España más rica y moderna que la que heredó después de la Guerra Civil.

Asesorado por “Chicago Boys”, la economía de Chile, en 17 años bajo Pinochet, creció: “durante las últimas dos décadas, ha sido uno de los países con mayor crecimiento promedio del Producto Interno Bruto (PIB) per cápita en el mundo” que redujo pero no eliminó la desigualdad social, en salud y educación.

¿Tenemos que sentir vergüenza y miedo por defender la libertad, la idea de libertad, la duda y la búsqueda de la verdad, la sensatez, la moderación, la probidad intelectual y el ejercicio de la libertad?

¿Tenemos que ceder a la extorsión de aquellos que identifican libertad y liberalismo con la derecha reaccionaria que alentó y apoyó dictaduras?

¿Acaso hay que dejar los valores del liberalismo en las manos de quienes despreciaron la vida, y pisotearon los valores, la Constitución, las leyes y el sistema republicano?

En 1947, Georges Bernanos en su libro “La libertad, ¿para qué?”, escribió: “La peor amenaza para la libertad no es que nos la dejemos tomar –pues el que se la ha dejado robar siempre puede reconquistarla- sino que se desaprenda a amarla o que ya no se la comprenda”.

Contra lo que creen consultores, sondeos de opinión, analistas políticos y la indiferencia vulgar, la libertad mide más que la cotización del oro, o la candidatura de Trump: es un bien tangible, pero no es “eterna como el agua y el aire”.

La libertad no crece ni se mantiene espontánea o irreflexivamente. No es un regalo de gobernantes. No es gratuita. Es un atributo inseparable de la condición humana, es derecho que crea obligaciones. No tenemos que esperar perderla para recién pensar en ejercerla, reivindicarla, defenderla y valorarla.