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A menos que el presidente Donald Trump lo remedie, e instruya a la Reserva Federal a que emita un billete de 200 dólares con la efigie de Martín Miguel de Güemes, la gloria del héroe gaucho no llegará a las transacciones financieras ni al bolsillo de los ciudadanos.

Después del rotundo triunfo parlamentario del pasado otoño, cuando el mundo se enteró -gracias al diputado Kosiner y a otros entusiastas con el poncho bien puesto- de que Güemes era un prócer digno de jugar en la grandes ligas, los salteños creíamos que la patria nos había extendido un generoso cheque en blanco que nos permitía pronunciar el augusto apellido cántabro en cualquier lugar y automáticamente entrar, de forma gratuita, a las salas VIP de los principales aeropuertos del mundo.

Pero ha sido una ilusión efímera, pues aunque miles de rebeldes gauchos esperaban ver la cara del jefe en los papelillos sellados por el Banco Central, la realidad de hoy es bien distinta.

Y lo es porque el gobierno procericida de Mauricio Macri ha decidido que en los billetes que usamos todos los días no aparezcan más retratos de «viejas glorias», sino de otras criaturitas de Dios en peligro de extinción; algunas casi desconocidas, como la taruca, ese cérvido malencarado de amenazante cornamenta que reemplazará, nada menos, que a la Jefa Espiritual de la Nación en los billetes de 100.

Los más osados pensaban que a Güemes no le correspondía menos gloria que el billete de 1000, pero el Banco Central ha elegido a un humilde pajarraco (el hornero), cuyo nombre, para más inri, era el apodo político de un recordado exgobernador de Salta.

Los güemesianos más realistas se conformaban con quitar al tirano Rosas del billete de 20 y colocar en su lugar a Güemes, pero no ha podido ser, porque la noticia oficial dice que la imagen que será motivo principal de este billete será la del guanaco. Lo cual, bien visto, no deja de ser un homenaje indirecto a muchos gauchos de la localidad.

Así que, o convencemos a Trump de que Hamilton era un intelectualoide algo afeminado, o solo nos queda la muy remota esperanza de que resucite el general Romero y que vuelva a inundar nuestros sobres de sueldo con esos bonos de cancelación de deuda que a mediados de los años 80 del siglo pasado nos convirtió en una de las provincias más atrasadas del planeta.

Para lavar la afrenta, no habrá esta vez movilizaciones de fortines que amenacen con hacer volar por los aires los cimientos de la Casa Rosada. La inteligencia del terruño -que no es poca- se ha puesto en marcha para sancionar una ley que obligue a que cada vez que se libere a un cóndor o a un yaguareté en su hábitat natural, los concelebrantes deban entonar obligatoriamente el Himno a Güemes.