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“Los viejos son/niños avergonzados/que a la plaza van a tomar el sol”, dice una tierna y simple canción del chileno Fernando Ubiergo.

 

Los viejos, esa carne de la experiencia, son un mito que, socialmente, se acepta como mito. Pero, además, son un espejo. En el que nadie quiere reflejarse.

 

Llegar a viejo nunca fue sabio. Salvo algunas, muy pocas, civilizaciones antiguas, respetaron a los viejos como vértices de la sabiduría que la inmadurez no le daba al resto de la sociedad. Pero no se los dejaba participar en la vida activa. Hoy, diríamos, que eran como una especie de “cerebros de consulta”.

 

Pero, resulta que los viejos, antes y hoy, son aquellos “niños avergonzados”. Los Estados no están para mantener gerontes. Por el contrario, buscan con fruición a millenials que cambien las perspectivas sociales para lograr el mundo mejor con el empecinamiento de los jóvenes turcos en la “guerra del cerdo”.

 

Los viejos terminan siendo sacrificados. Las instituciones geriátricas son masajes a la conciencia familiar cuyo tiempo, se cree, es de oro. Cuando en realidad, es un hueso descalcificado. Ese tiempo, digo, que culminará, también, en la doliente vejez.

 

Nadie quiere oler a viejo (los viejos huelen, justamente, a vejez) como quien ruega que la última biopsia no nos indique tremendos males físicos. Aunque los desgajos del alma, nos preocupen menos.

 

Los niños y los jóvenes tienen automatizados los beneficios sociales. Y aunque se hayan creado ministerios de la “tercera edad”, eufemismo de la premuerte, los trámites suelen ser tan horrorosos que los viejos mueren de agotamiento y pena, con los últimos remedios olvidados en la mesa de luz del abandono.

 

“Si no estuviese tan oscuro/a la vuelta de la esquina…”, dice Serrat y especula que “si el carné de jubilado/abriese todas las puertas”, arribar a la vejez sería mucho más noble, más digno. Pero, todo es una fantasía que busca alivianar conciencias. Si hasta las religiones más importantes tienen profetas y dioses jóvenes. Mahoma tuvo el recato de morirse a los 62 años. Pero Cristo, llegó apenas a los 33. Nadie imaginaría la iconografía de ambos en la senectud total. Porque la vejez, quizás en el imaginario religioso, es un pecado.

 

En las repúblicas, la democracia se identifica con líderes jóvenes. Claro que con el aval de los viejos. A quienes luego se arrojan por las ventanas partidarias. Aunque las normas electivas no indiquen topes de edad para el ejercicio político.

 

Hasta en el arte y la cultura se habla de “sangre joven”, pero todavía no aparece el literato capaz de superar en una línea a los octogenarios Borges o Tolstói. O una semifusa de Bach, Piazzolla, el “Cuchi” Leguizamón o Eduardo Falú. Con las honrosas excepciones, claro. Que por eso son honrosas.

 

Pero, nada de esto evita el desasosiego ante la vejez. De la que se huye. Porque es el primer paso hacia el abismo de la muerte. A la que se le tiene pavor atávico. Y el desasosiego por la vejez, es la desidia ante los viejos. Que terminarán sus días pobres de cariño. De dinero. Y ricos en hambre. Y olvido.

 

No es raro que una pareja de viejos termine sus días en el frío de una pensión. De mala muerte O de un geriátrico. De muerte pasable. Pero pensión de olvido, también.

 

Es raro, para las sociedades, que un viejo sea constructor de vida como pudo haber sido años antes. Si ni la pensión ni el geriátrico son destinos, su vida es una silla solitaria. Un bastón que ya no sostiene. O una plaza sin sol.

 

Aunque los hay, cada vez son menos los viejos que reciben el beso amoroso en la cabeza de escaso pelo. O toman las manos cariñosas de sus nietos entre sus garras sarmentosas y débiles. Son los menos. Son los que tienen ese pequeño lugar en la familia que ellos hicieron. Pero para el resto de la sociedad, para los Estados, los viejos serán el peso demasiado ostensible de una herida, tan absurda y perversa, hecha en el centro mismo de nuestra humanidad. Una herida que se buscará ocultar con el agua oxigenada del olvido.

 

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