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María Irene Romero
Por María Irene Romero para El Tribuno de Salta
 
La disciplina, los castigos, la exigencia de un calendario intenso, la formación moral y religiosa de la enseñanza de antaño son un reflejo de la cultura de entonces.
 
Durante los dos primeros siglos de poblamiento español en América no hubo más escuela gratuita que las religiosas. En general, la educación de los niños, era costeada por los padres de los alumnos, de acuerdo con aranceles fijados por los ayuntamientos. En ocasiones el pago se hacía total o parcialmente en "frutos de la tierra".

Esta costumbre obstaculizaba la difusión de las primeras letras y de la formación moral de los niños. En el siglo XVIII, las autoridades empezaron a encarar la posibilidad de hacerla gratuita, total o parcialmente, según las posibilidades del lugar. Así nacieron las escuelas municipales, subvencionadas por los cabildos. Cuando el ramo de propios, rubro que había de financiar este aspecto de buen gobierno no alcanzaba para pagar al maestro, este quedaba autorizado a percibir de los padres pudientes una cuota módica, debiendo "enseñar de balde a los pobres".

Cabe recordar que, en la ciudad de Salta, el cabildo otorgó el inmueble de la Compañía de Jesús, que estaba emplazado en las actuales calles Mitre y Caseros, al maestro de primeras letras José León Cabezón. Empero, también hizo cesión del mismo edificio a requerimiento del novel obispo de la Diócesis Nicolás Videla del Pino, para funcionamiento del primer seminario. La situación generó una larga controversia entre el Cabildo, el obispo y Cabezón.

El mobiliario escolar era modesto. Unos cuantos asientos para los escolares. Un tablón a modo de mesa para el maestro. En ocasiones, una hornacina con una imagen de la Virgen o de un santo. Y la imprescindible "palmeta", eje central para la aplicación del sistema disciplinario no escrito pero en vigencia. Consistía en una vara o regla con que los maestros utilizaban para golpear en las manos a sus alumnos como castigo ante los actos de indisciplina.

El calendario escolar

La apertura de las clases se hacía invariablemente el miércoles de ceniza. Era una costumbre tradicional, respetada en todos los virreinatos. La fecha de finalización de clases no era uniforme. Había un período de vacaciones que empezaba en vísperas de Navidad y se extendía hasta después de Reyes. En algunas jurisdicciones las clases proseguían en el mes de enero hasta antes del inicio de las fiestas carnestolendas. En opinión de los maestros del Real Colegio de San Carlos, había que suprimir las vacaciones de los niños por innecesarias. Cuando esto se sostenía era el año de 1787. Y no les faltaba razón. La proliferación de festividades eran motivo de suspensión escolar. A esto se añadía las celebraciones que devenían por cumpleaños de los monarcas y todo evento que hacía a la vida de los Reyes, más las festividades religiosas. Los maestros calculaban hasta 87 días festivos y sin actividad escolar.

El horario era de doble turno: tres horas en la mañana y otras en la tarde. En el inicio de la jornada escolar se entonaba el "Alabado" y se concluía con el "Salve". En los días de precepto el maestro solía conducir a todos sus discípulos a la Iglesia para la participación en el oficio religioso. Las asignaturas que se impartían eran doctrina cristiana, lectura, escritura y las reglas de aritmética.

La escritura

En materia de escritura estaba prescripto que debía enseñarse las seis clases de letras: bastardilla, grifa, italiana, romana, de coro y redonda. Es de justicia aclarar que no siempre los maestros enseñaron todas ellas.

En los tiempos coloniales, imperó la letra redonda o española. Los vientos revolucionarios arrasaron con los usos hispánicos y trajeron la novedad del uso de la letra inglesa como patrón de moda.

El historiador chileno Vicuña Mackena afirmaba que "las escuelas descansaban entonces como método y como principio en dos ejes capitales, el grito y el látigo. Mientras más fuertes deletreaban el silabario antiguo y apuntando con un palito cada letra, y mientras más lejos llegara el murmullo atronador de sus voces, más fama tenía el maestro o la maestra".

El reconocido historiador salteño Bernardo Frías, recuerda al maestro peruano, don Guillermo León, apodado "el coya León". Este docente tenía una instrucción clara para los educandos: "punta hombre, cuatro dedos banca". Se entendía que estaba referido a la postura en que debía sentarse el alumno y la forma de tomar la pluma, como regla de elegancia, aunque la posición fuere forzada y violenta. El discípulo debía, con el índice y el dedo mayor en combinación con el pulgar, tomar el "canutero" (portapluma o actualmente lapicera). El dedo anular debía estar doblado y oculto dentro de la mano, mientras el meñique debía sacar su pequeña longitud a la luz. El escribiente debía observar con su tronco un ángulo de noventa grados y su cuerpo los cuatro dedos de distancia con respecto al pupitre. En tanto la punta del hombro (siempre derecho, porque no eran tiempos de zurdos) debía estar alineada con el dedo meñique como en el firmamento se alinean los planetas.

El reglamento de Belgrano

La resonante victoria obtenida por las armas del general Manuel Belgrano en la jornada del 20 de febrero en Salta frente al ejército de Pío Tristán, y que fuera motivo de grandes festejos en todo el país, ocasionó que la Asamblea General Constituyente instituyera un premio de 40.000 pesos para ser entregados al victorioso general. En oficio Belgrano contestó: "...ni la virtud ni los talentos tienen precio ni pueden compensarse con dinero sin degradarlos; cuando reflexiono que no hay nada más para el hombre de bien, para el verdadero patriota que merece la confianza de sus conciudadanos en el manejo de los negocios públicos, que el dinero o las riquezas, estas son un escollo de la virtud del que no llega a despreciarlas...”.
Ese dinero fue donado al Estado por el ilustre prócer para la construcción de cuatro escuelas en Tucumán, Santiago del Estero, Tarija y Jujuy. 

Y además del dinero, les proporcionó un reglamento que consta de veintidós artículos, entre los cuales mencionamos algunos en relación con la vida estudiantil.

Leer y contar

Entre la normativa establecida por Belgrano está prescripto la de enseñar a leer, escribir y contar: la gramática castellana, los fundamentos de la religión y la doctrina cristiana por el catecismo de Astete, Fleuri y el compendio de Pouget: los primeros rudimentos sobre el origen de la sociedad, los derechos del hombre en esta y sus obligaciones hacia ella, y al gobierno que la rige. 
Los alumnos debían escribir obligatoriamente al menos, dos planas al día, utilizando el tiempo restante a la lectura de libros o cartas, a la gramática y la aritmética.
Anexo a estos contenidos, el maestro debía inculcar amor al orden, respeto a la religión, moderación y dulzura en el trato, sentimientos de amor a la virtud y a las ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, desapego del interés, desprecio por el lujo y los excesos en el comer, vestir y demás necesidades de la vida.

Valores

En otro párrafo, destaca la necesidad de que los estudiantes prefieran el interés público al bien privado y estimar la calidad de americano más que la de extranjero, es decir, una educación centrada en valores.
El régimen de evaluación establecía que los estudiantes debían ser evaluados públicamente cada seis meses, otorgando una distinción de honor a los sobresalientes. 
Los alumnos debían concurrir con el debido aseo de sus personas y vestidos. 
Pero no estaba permitido el lujo en el vestuario de los escolares. 
La jornada escolar era de doble turno: de octubre a marzo la entrada era a horas siete hasta las diez, y se regresaba a las tres de la tarde hasta las seis. 
Desde el mes de abril hasta septiembre el horario era de ocho hasta las once, regresando los escolares a las dos de la tarde, para salir a las cinco.

Penitencia y azotes

Los maestros podían imponer penitencia a los escolares, pero por ningún motivo exponerlos a la vergüenza pública, como fue de larga costumbre y uso. 
El castigo por azote no podía exceder de seis en caso de extrema gravedad. 
Los jóvenes de mala índole o de costumbres tan corrompidas y que se consideraran incorregibles, podían ser despedidos secretamente de la escuela con el acuerdo del alcalde de primer voto, del regidor más antiguo y el vicario de la ciudad, quienes debían reunirse a deliberar con vista a lo que informara privadamente el preceptor. 
De esta suerte, la sanción no era una arbitrariedad del maestro, sino que surgía del consenso de las autoridades capitulares y eclesiásticas.
El reglamento del ilustre prócer fijaba asueto general los días 31 de enero (fecha de instalación de la Soberana Asamblea), 20 de febrero (en celebración de la victoria en la Batalla de Salta), 25 de mayo (celebración de la Revolución de Mayo) y 24 de septiembre (celebración de la victoria en la Batalla de Tucumán y en devoción por la Virgen de la Merced).

Religión presente

En consideración a la profunda fe y adhesión a la causa de la Santa Madre Iglesia de Manuel Belgrano, no extraña que, en el reglamento, la religión sea un hecho muy presente en la vida escolar. 
El maestro debía conducir a los estudiantes todos los días a misa después de las clases de la tarde. 
Habían de rezar las letanías a la Virgen, teniendo por patrona a Nuestra Señora de la Merced. 
El sábado a la tarde estaba prescripto el rezo del rosario. 
Era también de concurrencia obligatoria para el alumnado junto a su maestro, los oficios pascuales, los patronales, en el aniversario de la regeneración política y otras de celebración.
Las escuelas de otrora, constituyeron la primera posibilidad de acercar el conocimiento a los niños y jóvenes. 
No se limitaron al acceso de las letras y ciencias, lo importante es que buscaron formar integralmente al individuo, aun cuando hubiere una cuota de rigor en las prácticas pedagógicas, difícil de comprender en el contexto de nuestra sociedad.
Pero es de justicia reconocer que, de esas escuelas egresaron los hombres que contribuyeron a cimentar los anhelos de la Patria que se encaminaba a su vida independiente.