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Jorge Jorge

 

 

 

 

 

No son pocos los empresarios que hablan de “chiquilinadas” del Gobierno y no comprenden el contraste entre su flexibilidad en ciertos temas y su inconmovible dureza en otros sin que la relación costo-beneficio lo justifique.

Jorge Fontevechia para Perfil

 

 

EFECTO TRIACA: Macri sobreactúa antinepotismo.

EFECTO TRIACA: Macri sobreactúa antinepotismo. Foto:cedoc

 

Que familiares de los ministros no puedan trabajar en el Estado para compensar el descrédito de la ex mucama de Triaca, empleada en un sindicato intervenido por el ministro, vuelve a recordar la conferencia de prensa del 28 de diciembre, cuando cambiaron las metas de inflación y terminaron generando más inflación. Son respuestas simples a problemas complejos que no logran solucionar y hasta los empeoran.

Pierre y Marie Curie no hubieran podido ganar el mismo Premio Nobel por ser familiares

Asumiendo que la mayoría de los familiares de los ministros hayan conseguido empleo en el Estado por influencia, no se tendría por qué haber perdido a aquellos que sí tenían méritos. Si la Academia de Suecia aplicara el mismo método, no hubiera podido conceder el Premio Nobel de Física a Pierre Curie y a su mujer, la famosa Marie Curie. O si los críticos de arte hubieran tenido el mismo prejuicio, las obras de Diego Rivera y Frida Kahlo se hubieran excluido mutuamente. Y Johann Strauss hijo no hubiera podido estrenar en el Teatro de Viena el vals El Danubio azul porque su padre homónimo antes había estrenado la igualmente famosa Marcha Radetzky, ni Jane Fonda y Michael Douglas hubieran podido ser empleados por los mismos estudios de Hollywood de sus padres. Y tantos ejemplos más o menos opinables.

Siendo una regla que el Gobierno aplica a los familiares de solo 22 personas, no hubiera sido imposible analizar caso por caso. Pero el anuncio del decreto antinepotismo de esta semana, al igual que la conferencia de prensa del 28 de diciembre cambiando las metas de inflación (más allá de su ineficacia) son formalmente atribuidos a la búsqueda de un efecto comunicacional más que a la solución de un problema.

Discutir si el problema es o está en la comunicación esconde la raíz del desencadenante: el humor del Presidente, quien precisa descargar la presión que acumula. Le atribuyen volver enojado de su gira porque en el exterior lo valoran y en Argentina le discuten todo. ¿No sabrá que esa es la característica del trabajo de todo presidente? ¿Y que en general nadie es profeta en su tierra porque de cerca nadie es normal?

Responsabilizar a Jefatura de Gabinete –in corpore a Mario Quintana– por el aumento del 10% del dólar en un puñado de semanas también esconde al verdadero autor, que es el propio Presidente, quien si nunca quiso tener un ministro de Economía fuerte, menos le permitiría ese rol a un práctico de la microeconomía como el fundador de Farmacity. Cualquier economista sostendría que el papel de los Estados es amortiguar los picos, ser contracíclicos: guardar cuando hay vacas gordas y consumir más cuando viene la época de vacas flacas. Esto vale tanto para la demanda agregada en la economía en general en forma de gasto público como para la intervención del Banco Central en el sistema cambiario: comprar dólares cuando su precio baja demasiado, vender cuando sube abruptamente. Aunque el precio del dólar correcto esté más cerca de los 20 pesos que de los 17, es evidente que habría sido mejor que el aumento hubiera sido gradual. Hasta es probable que el dólar pierda valor y vuelva a acercarse a los 18 pesos y el Gobierno entonces diga que es bueno que, así como subió, también baje. Pero en un país con la historia reciente de hiperinflaciones y megadevaluaciones, no tenía sentido estresar las expectativas económicas, los precios y las paritarias con acciones comunicativas que, si se trataran de cualquier persona, se parecerían más a gritos de enojo de un hijo caprichoso frente a su incapacidad de asimilar la frustración que a la de un padre estadista que absorbe la histeria externa y la devuelve sabiamente amortiguada.

No son pocos los empresarios que hablan de “chiquilinadas” del Gobierno y no comprenden el contraste entre su flexibilidad en ciertos temas y su inconmovible dureza en otros sin que la relación costo-beneficio lo justifique. Pero probablemente flexibilidad y dureza tengan la misma explicación: ya que no puede avanzar en los temas importantes como la reforma laboral o la reducción del déficit fiscal, porque en el fondo no está dispuesto a arriesgar consumirse todo el capital político tomando decisiones que enojen a los votantes propios, como se les pide a los estadistas, compensa (disimula) consumiendo una parte de ese capital en actuar con firmeza reprimiendo sin medida el día que se frustró la votación en Diputados de la reforma previsional, anunciando la modificación de la meta de inflación o echando a todos los familiares de los ministros.

Si el argumento de que se modificó la meta de inflación para mejorar la confiabilidad futura de los anuncios del Gobierno, porque una meta del 10% de inflación para 2018 no era creíble es cierto, ¿por qué entonces el día antes hicieron aprobar el Presupuesto Nacional con las premisas que iban a modificar?

Tiene razón el Presidente en que se le quejan de todo, hasta del aeropuerto de El Palomar sin elogiar las ventajas de las low cost. Pero esa es la tarea de quien gobierna, del maestro o del padre: soportar la crítica, la queja y la rebeldía de sus conducidos. Entrenar gobiernos que desarrollen la suficiente cantidad de músculo como para absorber la crítica, alimentándose de ella para mejorar, es lo que hizo a las democracias sistemas más eficientes para generar progreso entre sus ciudadanos. La continua insatisfacción es la que empuja la creatividad y permite un proceso de mejoras sostenidas. Por eso solo pueden ser presidentes quienes están a la altura de una exigencia tan sobrenatural y no pueden durar eternamente porque nadie puede tener recursos suficientes para responder a la permanente regeneración de las demandas.

No son efectismos comunicacionales, sino necesidad de Macri de descargar presión acumulada

Macri debe aprender a no fastidiarse. Dicen que su filósofo de cabecera es Mostaza Merlo. Siguiendo esa corriente de pensamiento empirista, se podría decir que “quien se calienta pierde”.

 

CULTURA O IDEOLOGÏA

 

En privado la misma idea expone en el Senado el presidente del bloque peronista, Miguel Pichetto: “Macri no tiene la reelección asegurada”.

Jorge Fonevecchia para Perfil

 

Perón: famosa respuesta sobre la causa del regreso. 
Perón: famosa respuesta sobre la causa del regreso. Foto:cedoc

 

“El gobierno nacional ha insinuado –y algunos peronistas han consentido– que la reelección de Macri está asegurada y el peronismo haría un papel testimonial. Yo no estoy de acuerdo. Quiero decirle al peronismo que en Argentina hay un 2019”, declaró públicamente el gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Saá

En privado la misma idea expone en el Senado el presidente del bloque peronista, Miguel Pichetto: “Macri no tiene la reelección asegurada”. Los peronistas empezaron a “oler sangre” en diciembre, a partir de la reforma previsional y la contraproducente represión el día que fracasó la primera votación. Después, cuando el Gobierno hizo una conferencia de prensa con el gabinete económico para anunciar lo que nadie precisaba que le informaran: que la inflación fue mayor que la esperada, generando inquietud con la devaluación del 10% en un mes y mayores expectativas de inflación futura. Para completarla con el affaire de la empleada en negro del ministro de Trabajo, además ñoqui en un sindicato intervenido

por él mismo. Solo por esto último bajó seis puntos más la aprobación de Macri en enero.

Pichetto o Rodríguez Saá podrían decir lo mismo que dijo Perón cuando le preguntaron: “General, ¿qué piensa hacer usted para volver al gobierno?”. Y él respondió: “Yo no haré nada, todo lo harán mis enemigos”. Pero tampoco deberían solazarse en aquella anécdota porque también Macri podría decir lo mismo del peronismo en las elecciones: Cristina Kirchner y la memoria de muchos de sus funcionarios hacen todo lo necesario para que Cambiemos consolide su gobierno.

La sangre que huelen los peronistas tiene que ver con que el presidente Macri está enojado e imaginan que su estado de ánimo es síntoma de su frustración con los avances y las evoluciones de sus reformas, además de sus pobres resultados. Los empresarios que frecuentan ministerios cuentan que la eficacia (éxito) esperada de un gobierno de CEOs no se confirma en la práctica. Que, al igual que con el kirchnerismo, todo se centraliza en la Casa Rosada. En el caso de Cambiemos, en cada ministerio están quienes detentan los cargos formalmente y los comisarios que responden a Jefatura de Gabinete. “Sin la firma de Lopetegui o Quintana nada se concreta, y ellos no dan abasto”. Agregan que, a diferencia del kirchnerismo, los funcionarios del actual gobierno son amables, reciben y responden que sí a

todos, pero que después nada se concreta. Aunque son muy diferentes en las formas, el resultado no lo es.

El fracaso de la Argentina que la grieta refleja como mayor síntoma es que gobiernos de distintas ideologías no lograron tener éxito. Cada gobierno que llega atribuye el problema a la ideología de su predecesor, y la solución, al cambio de ideología. Pero el problema no es ideológico sino cultural.

Ideología no es lo mismo que cultura. Gran parte de lo que contiene cualquier cultura puede ser neutro ideológicamente, lo que no quita que pueda ser utilizado por la ideología. En el penúltimo libro de Terry Eagleton, Cultura, el crítico inglés se refiere a “la absoluta terquedad de la cultura: el hecho de que es más fácil mover montañas que erradicar el sexismo”. La cultura constituye una forma de color invisible que tiñe toda nuestra vida cotidiana. Es el “contexto no totalizable” por el que adquiere significado lo que hacemos y decimos. Ese contexto no totalizable está tan interiorizado que la gran mayoría de las veces no somos conscientes de él. Es omnipresente porque es una especie de ceguera de nosotros mismos.

También es el inconsciente político que opera en todos nuestros prejuicios y “nos proporciona interpretaciones de nuestros comportamientos”. La palabra “cultura” está emparentada con “agricultura”, que consiste en atender y nutrir; algo que se viene nutriendo por generaciones.

La cultura y la política no deben separarse ni fundirse. “Es necesario comprender las complejas relaciones que se establecen entre ellas –continúa Eagleton–, así como reconocer que no es una relación entre iguales: en último término, lo que predomina es la cultura”.

Para Edmund Burke, padre del liberalismo conservador de Inglaterra del siglo XVIII, “la cultura es más fundamental que el derecho y la justicia. Las naciones no están gobernadas principalmente por leyes y menos por la violencia. Son las maneras –o la cultura– lo que constituye la matriz de todo poder, compromiso, autoridad y legalidad. La cultura es el sedimento en que todo poder se asienta, (por eso) la política requiere un conocimiento profundo de la naturaleza humana y de las necesidades humanas. Lo que conocemos como cultura es la insondable especificidad de los asuntos humanos. Es esa intrincada trama de afinidades y prácticas lo que el poder no debe ignorar, so pena de ponerse en peligro”. Los hombres no están vinculados unos a otros por papeles y sellos. Lo que los conduce a asociarse son las semejanzas, las conformidades, las simpatías, la correspondencia entre las costumbres, los modales y los hábitos de vida, que por sí solos tienen más fuerza que los tratados.

Son obligaciones “escritas en el corazón”.

La cultura es una forma de inconsciente social, es la dimensión simbólica de la sociedad en su conjunto. Para el poeta T.S. Eliot, “es todo el modo de vida de un determinado pueblo reunido en un mismo sitio, del nacimiento a la tumba, desde la mañana a la noche e incluso durante el sueño”.

Y concluye Eagleton en Cultura: “La historia la hacen más los poetas que los políticos”. Por eso no tienen éxito en política personalidades simples, solo racionales. El último político que tuvo éxito en Argentina fue Perón. De allí la longevidad de sus seguidores.

Macri, para ganarle definitivamente al peronismo, precisa pasar a ser parte de la cultura argentina, o sea: tener éxito. Fue elegido porque los triunfos de su familia en los negocios y el suyo en Boca son un significante de éxito. Pero ya no se trata de traer CEOs que sean significantes de éxito (“el mejor equipo de la historia”) sino de conseguir el éxito de verdad.