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Macri buscar consensuar las reformas porque sabe que, sin el acuerdo de una oposición democrática, es imposible una transformación estructural

Por Santiago Kovadloff - Nueva Propuesta Salta

 

 

No creo que, en la historia de América del Sur, haya otro país expuesto a la decadencia en los términos en que lo estuvo la Argentina. Uno tras otro, extravió todos sus logros. Ninguna sociedad, en tan poco tiempo, evolucionó como la suya. Ninguna, tampoco, cayó tan rápido desde tan alto. Sus notables aciertos sociales y económicos se esfumaron. Y dejó atrás el siglo XX más cerca de la anarquía del siglo XIX que de los desafíos propuestos por el siglo XXI.

De todos los signos de esta pavorosa involución, el de la multiplicación exponencial de la pobreza es el peor; el más vergonzoso y el más profundo. El que denunció, con pruebas irrefutables, el fracaso de la política en la administración del país.

La pobreza es, de más está decirlo, un gravísimo problema. Eso significa que no es, de ningún modo, un problema fecundo. Fecundos sólo son los problemas que plantea el desarrollo, la innovación. Es el crecimiento el que, al desplegarse, renueva el repertorio problemático de las naciones. La Argentina, tras las recientes elecciones de término medio, pareciera encaminarse hacia la renovación del conjunto de problemas que importa resolver: los que son gravísimos y por ello mismo urgentes, y los que revisten fecundidad y piden, para irrumpir, que se salga del atraso.

Donde la pobreza es dominante, donde ella alcanza la terrible magnitud que alcanzó entre nosotros, no puede haber crecimiento; sólo puede haber, si se persiste en ella, degradación, inmovilidad, estancamiento. Graves problemas, ningún problema fecundo.

Si la Argentina alcanzara, en las próximas dos décadas, la equidad social indispensable, no sólo contará con mayor inclusión social. Habrá también mayor identidad cívica general. La riqueza acaudalada por unos pocos es tan inhabilitante para un proyecto democrático republicano como la pobreza extendida a millones de habitantes. Es sabido desde siempre que la riqueza concentrada y la pobreza más y más desenfrenada son la cara y contracara de un mismo drama: el de la injusticia social.

¿Qué es un problema fecundo en el plano personal? El que permite advertir que quien lo vive y busca resolverlo se fortalece con su trato. En cambio, un problema que sólo agobia y paraliza, o es enmascarado, es el que impide que una persona despliegue su aptitud creadora y resolutiva para lograr, al unísono, su propia consolidación e ir en pos de una más alta calidad de convivencia con sus semejantes.

Lo que tienen de esterilizantes los regímenes populistas es que hipotecan el protagonismo personal en la figura de sus líderes. En ellos y sólo en ellos se concentran todas las posibilidades de alguna significación por parte de quienes no alcanzan a ser sujetos de sus propias vidas. Es decir, quienes viven por delegación, condenados a durar en lugar de ser alentados a desarrollar sus aptitudes. Los carenciados, en el marco de los populismos, hipotecan su desarrollo personal en la despótica omnipotencia de aquellos que los subsidian.

Cambiemos les debe lo que es a muchas personas y no sólo a una. Mauricio Macri es un nuevo líder, en el sentido de un líder original. Y lo es porque no presume haber dejado atrás su incompletitud, su sensata insuficiencia, para pretender serlo todo. Dirige, pero no agota ni quiere agotar en su persona el sentido y el alcance de esa conducción.

¿Qué sería Mauricio Macri sin Lilita Carrió, sin Marcos Peña, sin María Eugenia Vidal, sin Carolina Stanley, sin Horacio Rodríguez Larreta, sin Rogelio Frigerio y tantos otros? Todas estas son figuras que no lo secundan: lo complementan. Son protagónicas. Las suyas y la de él son recíprocamente necesarias para que el Presidente pueda significar lo que significa y para que ellas puedan representar lo que representan. El trabajo orquestal desplaza de la política al personalismo intransigente, verticalista y caudillesco.

¿Cómo fue posible que el sentido del liderazgo político haya dejado de ser, en la percepción colectiva, previsible y estático para pasar a ser innovador? ¿Qué debió suceder para que "lo de siempre" se transformara en inédito? ¿Qué entendió Cambiemos? Entendió que, en la sociedad, el cansancio ante lo repetitivo era más fuerte y podía llevar más lejos que la resignación al inmovilismo, a la política entendida como renuncia a la transformación. Que la desesperanza reinante podía transformarse en expectativa y no sólo en indignación.

Por cierto, Cambiemos tiene, en el escenario político, adversarios. Pero no tiene enemigos. Sus enemigos están fuera de la política: la corrupción institucional, el saqueo del Estado, la manipulación de la Justicia y los derechos humanos, el narcotráfico y todas las formas de transgresión del mandato constitucional. El orden republicano sólo puede afianzarse si los adversarios del oficialismo se consolidan como oposición y si los enemigos del sistema dejan de infiltrarse en el poder para quedar expuestos como lo que son: delincuentes.

Desde la pseudo oposición se combate mal al presidente de la Nación, es decir, ineficazmente, cuando se lo acusa de encarnar el pasado, la dictadura, la represión. Y ello no sólo porque ese aluvión de descalificaciones es objetivamente falso, sino porque, además, no logró ni logra ser persuasivo donde quiere serlo: en la mayoría de la gente. Cambiemos ha ampliado su espacio electoral porque su argumentación sobre el pasado y sus voceros, así como sobre el porvenir indispensable, resultó más verosímil que la de esa pseudo oposición y la de la oposición sin más.

Algo, a todos ellos, les impidió alcanzar la credibilidad mayoritaria que buscaban. Algo impidió que, a unos y otros, se dejara de inscribirlos en lo que ya no debía repetirse, entendido, ese pasado, como expresión de un concepto insuficiente y frustrante del porvenir necesario.

Al convocar, tras las elecciones, a un encuentro nacional entre fuerzas políticas para consensuar las reformas imprescindibles del Estado, Mauricio Macri expresa, con claridad, que es plenamente consciente de que, sin una oposición sólida e inscripta en el modelo democrático republicano de gobierno, no hay posibilidad alguna de llevar a cabo las transformaciones estructurales imprescindibles. Esas que pueden hacer de este país una auténtica nación.

Repitámoslo: el adversario, en un sistema político como el nuestro, es un requisito primordial, pues sólo con él pueden generarse los consensos necesarios para afirmar la convicción de que la política es negociación en el marco de la ley.

Por cierto, nada asegura que Mauricio Macri pueda llegar adonde quiere. Pero es evidente que está decidido a sacar al país de donde está. Una apuesta y una actitud que evidencian la pasión inclaudicable por los problemas fecundos. Y ello significa haber comprendido que, ante todo, es preciso terminar en la Argentina con la hegemonía de los problemas graves. La pobreza en primer lugar.