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Fontevecchia, Jorge

Esta semana volvió a agregar su contribución a la elocuencia prosaica tan de moda en los medios y las redes Elisa Carrió.

Por Jorge Fontevecchia para Perfil
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Acusadores. Carrió, Lanata y Pablo Sirvén.
Acusadores. Carrió, Lanata y Pablo Sirvén. Foto:CEDOC PERFIL
 

Esta semana volvió a agregar su contribución a la elocuencia prosaica tan de moda en los medios y las redes Elisa Carrió, al calificar de progresismo estúpido a quienes no compartían su punto de vista durante un debate parlamentario del que se fue acaloradamente.

La progresista estúpida de Carrió en el debate en Diputados era Margarita Stolbizer, quien insiste en no alinearse con alguno de los dos grupos en pugna de la grieta, y en ella significa a todas las personas no K que no son pro Macri. A los ojos de Carrió, Stolbizer es estúpida también porque prefiere pagar el precio de la insignificancia electoral a sumarse a la ola amarilla, que cuenta hoy con el apoyo de la mayoría. Un planteo que, aunque no sea populista, es igualmente demagógico que el del kirchnerismo en sus primeros años.

Carrió fue progresista, como muchos periodistas que se han corrido a la derecha

Cuando Néstor Kirchner era presidente, les decía a periodistas como Ernesto Tenembaum, que se resistían a sumarse acríticamente al relato mayoritario de época, que se quedaban en la cosa chiquita del periodismo y no en lo grande de la política. Estúpidos que se conformaban con ser periodistas o ser progresistas y no se daban cuenta de que lo que importa es ganar, y bastante menos cómo se lo hace.

Estúpidos progresistas que se preocupan por la libertad de expresión de medios con ideologías contrarias a las propias, de medios con los que no están de acuerdo o incluso por la libertad de expresión de aquellos que fueron sus adversarios y hasta los combatieron con formas que un progresista estúpido nunca usaría.
 

Idiotas útiles, como fuimos calificados por columnistas de los diarios La Nación y Clarín quienes firmamos una solicitada en defensa del diario Página/12. Escribió Pablo Sirvén en Twitter el 16 de octubre: “Firmar una solicitada por Verbitsky una semana antes de las elecciones no es síndrome de Hubris, sí de Estocolmo. Perón diría: ‘idiotas útiles’”. Antes, el 25 de junio, ya había titulado “Cristina se apalanca en idiotas útiles” una columna en La Nación que comenzó diciendo: “La fascinación de los medios de comunicación con Cristina Kirchner es inversamente proporcional a la simpatía que le tienen”.

Y en su columna de Clarín titulada “La mafia tiene buena prensa”, Lanata calificó a los firmantes de la solicitada en defensa de Página/12 como “casi todos kirchneristas, un par de independientes, algún ingenuo y muchos idiotas útiles”.

Estúpidos progresistas e idiotas útiles que se preocupan porque la ministra Patricia Bullrich no separó provisoriamente al responsable de Gendarmería ante la desaparición de Maldonado mientras que sí se hizo con Gómez Centurión ante una denuncia tampoco probada, para reponerlo al frente de la Aduana una vez que se hubiera comprobado falsa, demostrando que a Macri le preocupa enviar a la sociedad mensajes de que estará más preocupado por cualquier delito económico que por posibles delitos de integrantes de alguna fuerza de seguridad mientras cumplan órdenes del Estado.

Discrepo totalmente con la línea editorial del diario La Nación en materia de derechos humanos pero valoro que no nos llame “idiotas útiles” o “estúpidos progresistas”, probablemente porque su posición fue siempre la misma y no tiene la furia del converso.

Dos de sus últimos editoriales reflejan esa línea. En el del 31 octubre titulado “Gendarmería: las cosas por su nombre”, escribió: “Desde los primeros momentos, la ministro de Seguridad, Patricia Bullrich, fue fuertemente atacada cuando apoyó incondicionalmente a la Gendarmería a sus órdenes, aun cuando muchos sostienen que habría sido una buena medida desafectar a los gendarmes involucrados hasta tanto se clarifican los hechos” (...) “Nos preguntamos si quienes produjeron tanto daño y dolor, de modo artero o equivocado, no deberían expresar públicamente: ‘Perdón Gendarmería’”.

Un progresista cree que, por el contrario, se hubiera mejorado la valoración social de la Gendarmería y se hubieran ahorrado ataques a muchos de sus integrantes y al propio Gobierno si se hubiera desafectado transitoriamente a quienes condujeron el operativo y se hubiera colocado al frente de la comunicación al ministro de Justicia, Germán Garavano, más sensible y ponderado.

Las defensas no pueden ser “incondicionales”, como elogia La Nación de Bullrich, y no se le debe pedir “perdón Gendarmería” como no se debe castigar a las Fuerzas Armadas o de seguridad como instituciones por el mal proceder de algunos de sus integrantes. Alfonsín, un verdadero progresista, nunca acusó a las fuerzas de seguridad sino a los hombres que las deshonraban. Hay posibilidad de mala praxis en todas las instituciones y profesiones cuyo juzgamiento no denigra a la institución sino que la fortalece, potenciándola cuando se prueba su inocencia.

Y en el editorial del 9 de noviembre titulado “Una comisión que se arroga derechos que no tiene”, se refiere a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, a la que el Gobierno supone cooptada por el kirchnerismo y, en su paranoia, cree que hasta Amnistía Internacional es K porque cobijó al hermano de Maldonado, olvidándose de que Amnistía fue la que más luchó contra el cercenamiento de los derechos humanos en la ex Unión Soviética.

Quien no envejece bien se vuelve recalcitrante porque sus ideas dejan de progresar

Al igual que Leandro Despouy, ex representante especial para Derechos Humanos de la Cancillería, la ex ministra de Relaciones Exteriores Susana Malcorra no habría renunciado principalmente por los problemas de salud de su marido, sino también porque no quería ser la defensora internacional de una posición que no comparte sobre los derechos humanos y sus organismos internacionales.

El progresismo y el periodismo están ligados no sólo en Argentina: en Estados Unidos, más del 70% de los periodistas adhiere al Partido Demócrata, por lo que muchos de nosotros somos al mismo tiempo idiotas útiles y estúpidos progresistas.

Continúa mañana: “En defensa de idiotas útiles y  estúpidos progresistas (II)”

 

 

En defensa de idiotas útiles y estúpidos progresistas (II)

Polemica: F. Iglesias contra M. O’Donnell.

Polemica: F. Iglesias contra M. O’Donnell. Foto:CEDOC PERFIL
 
Viene de: “En defensa de los idiotas útiles y los estúpidos progresistas (I)”

La agresividad aumenta el rating, la violencia oral atrae en Twitter o frente a un micrófono. La altisonancia y el insulto agregan contundencia cuando lo que se expresa carece de ella. Es barato porque requiere menos esfuerzo cognitivo que una idea demoledora.

Que personas muy formadas y con recursos intelectuales de sobra apelen a la oratoria vulgar propia de otros géneros discursivos se explica por el veneno que sigue introduciendo en la sociedad la grieta y la ansiedad que genera en comunicadores y políticos (cada vez más la misma profesión) la hiperinmediatez de las redes sociales y el minuto a minuto de la televisión.

En la columna precedente se analizó la calificación de Carrió de estúpido progresismo a quienes se oponían a su posición, principalmente la diputada Stolbizer, y que los periodistas Lanata y Sirvén llamaron idiotas útiles a los colegas que firmamos una solicitada en defensa de Página/12.

Continúa ahora con otra persona que escribió en las publicaciones de Editorial Perfil, Fernando Iglesias, en su caso columnista de la revista Noticias hace una década, que nos envió a Gustavo González, a Edi Zunino y a mí este mail: “Queridos ex amigos: Es para comentarles que la actual forma de hacer periodismo de Perfil también me parece desastrosa. Lo hago ahora, que todavía no soy funcionario. Hay que caer muy bajo para lo de ‘el D’Elía del PRO’”.

La “actual” forma de hacer periodismo de Perfil es la misma de una década y dos atrás, cuando coincidíamos con Carrió, Lanata, Sirvén e Iglesias en criticar a cada gobierno mientras estaba en poder y no sólo al anterior, que ya se había ido.

Iglesias se ha dedicado a la política y logró, con una retórica provocadora, instalarse como vocero confrontativo de Cambiemos en los medios. Y gracias a esos servicios, ser candidato a diputado, electo en octubre y en ejercicio a partir de diciembre. Pero no fue Perfil la que lo calificó de “D’Elía del PRO” sino que surgió de la polémica por Twitter que se citó en la nota de Perfil.com: “Todo comenzó con un mensaje del usuario David Vincent‏ (@davidvincent97) que tuiteó: ‘Qué desastre el programa de O’Donnell’”. Minutos más tarde, provocando como suele hacer en Twitter, Iglesias agregó: “‘El programa de’ está de más”, para dejar en claro que le parecía un desastre todo lo que hace la autora de numerosos libros de investigación. “Señor diputado electo de Cambiemos ¿por qué agrede así?”, preguntó O’Donnell. Un comentarista (@lecalo37) salió a defenderla y le dijo: “Porque es el D’Elía de Cambiemos”, a lo que ella agregó: “Un poco sí”. Iglesias arremetió: “No es una agresión. Es una opinión. Creo que tu forma de hacer periodismo es desastrosa. La vara de Africa por doce años. La de Suiza, hoy ”, dijo, para cuestionar las críticas de O’Donnell hacia el show mediático que se montó sobre la detención de Amado Boudou.

María O’Donnell, como Romina Manguel o Reynaldo Sietecase, entre tantos otros, integran el grupo de periodistas que en los medios audiovisuales enfrentan la grieta en su propia audiencia. Es más fácil para los periodistas de gráfica, que no estamos expuestos a los llamados de los oyentes o al rating minuto a minuto de la televisión, sentirnos menos influidos por el fanatismo del momento.

Hasta en programas como Animales sueltos, cuando Fantino comenzó a criticar a Aranguren por los Paradise Papers esta semana, el rating le bajó a la mitad. Pero lo que más les duele a los periodistas son las críticas personales que reciben en las redes sociales, donde los insultan y acusan ante la menor diferencia con el gobierno de Cambiemos. Si por firmar una solicitada los propios colegas califican a sus pares de idiotas útiles, lo que dice la gente amparada en el anonimato no tiene límite.

La autocensura que están generando en los periodistas las críticas inmediatas que recibe su trabajo en las redes sociales está llevando al paroxismo la espiral del silencio descripta por la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann a fines de los 70, cuando era la televisión el medio de masas. El temor al aislamiento hace a las personas reprimir sus ideas y adaptarlas al pensamiento predominante. Los vibrantes activistas del relato de época enmudecen al resto ejerciendo una forma de control social sobre los que opinan distinto, disciplinando a la mayoría, que se rinde frente a la fuerza superior del “clima de opinión”.

Como sucede hoy con las lecciones de medio turno con Macri y sucedió en 2005 con Kirchner y en 1993 con Menem, cuando se percibe que el gobierno será reelecto dentro de dos años y tendrá seis años más en el poder, la espiral ascendente hace que las ideas de una minoría suban y se conviertan en mayoría aplastante por la autocensura de las demás. Esto fue así desde la aparición de la televisión y se potencia ahora con las redes sociales.

Las redes sociales facilitaron la creación de la mayor policía ideológica de todos los tiempos porque con retuiteos se puede linchar mediáticamente a cualquier periodista en pocas horas. Un periodismo que no pueda ser crítico de su gobierno o sobre determinados temas tabú no podrá cumplir una de sus funciones esenciales. Me refiero a un periodismo ponderado y no al fanático de lo opuesto, que en su exageración se transforma en un espectáculo poco verosímil que, al caer en lo cómico, se hace intrascendente, como sucede en algunas radios y canales de noticias.

Los periodistas debemos desarrollar una piel más resistente a los insultos y críticas personales porque el actual ecosistema comunicacional hace estrellas mediáticas a quienes construyen con la diatriba su notoriedad.

Nuestra más importante e insustituible función es ayudar a la audiencia a superar sus propios prejuicios y a mantener ejercitada su mente con ideas que contradigan sus creencias, amortiguando así la fuerza embrutecedora del cono del silencio.