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Fontevecchia, Jorge

Falta saber cómo fue la muerte de Maldonado, pero no hacen faltan nuevos datos producidos por el avance de la investigación para evaluar los errores de candidatos, funcionarios y comunicadores.

Por Jorge Fontevecchia para Perfil


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Maldonado-Carrio: conmovieron el cierre de campaña.
Maldonado-Carrio: conmovieron el cierre de campaña. Foto:CEDOC PERFIL
 

La desaparición y muerte de Santiago Maldonado hace cada vez más evidentes algunas diferencias entre María Eugenia Vidal y Macri. Primero, la provincia de Buenos Aires tiene como secretario de Derechos Humanos a un referente como Santiago Cantón, quien durante más de una década fue secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, demostrando desde el inicio otra sensibilidad por el tema de parte de la gobernadora. También fue una señal no haber querido que Elisa Carrió fuera candidata por la Provincia aunque en un cálculo inicial pudiera haberle sumado votos. La propia Carrió lo hizo público –con aires de queja hace varios meses en el programa de Mirtha Legrand– diciendo que Vidal no la quería como candidata en su distrito.

En la posverdad el posmodernismo y lo posindustrial, una poshiperbolicidad vendría bien

Carrió no es la única candidata de Cambiemos con un discurso desaforado, comparte esa tendencia a la altisonancia su compañero de fórmula Fernando Iglesias, tercero en la lista de diputados pero mucho más ruidoso que la menos conocida Carmen Polledo, segunda en la lista. Es que para hacer seis puntos de rating en TN, como hace Carrió, hace falta ser hiperbólica, maestra en el recurso retórico de la exageración, generando un show en sí mismo con su sola presentación, donde “el medio es el mensaje”.

También cosechan rating apelando al mismo recurso Baby Etchecopar y Roberto Navarro, a quienes también el caso Maldonado llevó a subir sus decibeles y asertividad, el primero culpando de su muerte a los mapuches y el segundo a la Gendarmería, para demostrar que lo que consigue el rating no son las ideas que se expresan (opuestas), sino la forma como se las dice (idéntica).

Carrió, que tiene entre sus capacidades el histrionismo, sabe que el tono es todo pero buscando llamar la atención se ceba y comete los errores que cometió en estos ochenta días de incertidumbre sobre Maldonado. Carrió tiene entre sus falencias un narcisismo primario que acomoda la realidad a sus deseos: ella no fue la primera que llamó a De Vido “el cajero” sino la revista Noticias en su tapa, a comienzos de la presidencia de Néstor Kirchner, lo mismo que otra tapa de entonces llamó a Lázaro Báez “el testaferro”. Y al revés: se olvida de cuando, por la misma época, denunciaba a Macri por corrupto y “empresario ligado al robo del país”.

Obviamente, Macri lo recuerda, en el tramo final de campaña presidencial de 2015, una vez me dijo refiriéndose a Carrió irónicamente: “Tu ex amiga y mi ahora amiga” porque en los primeros cinco años del kirchnerismo prácticamente el único lugar donde se difundían las declaraciones de Carrió era en los medios de Perfil, que a la vez eran su fuente. El Gobierno también conoce los riesgos que implica Carrió: el domingo pasado, la columna de Gustavo González en este diario ya lo anticipó.

¿Por qué a una persona con experiencia como Carrió le resultó oportuno decir que Maldonado podría estar en Chile, sabiendo lo que eso connotaba en una desaparición, porque durante los años de dictadura la repetida excusa cínica era que los desaparecidos se habían ido del país? En parte por la soberbia que produce tener más del 50% de intención de voto. El éxtasis embriagante de un triunfo tan contundente relaja las inhibiciones que ya en el caso de Carrió no son enormes. Pero si este golpe que siente Cambiemos al final de la campaña electoral le permitiera ganar igual en la provincia de Buenos Aires y en todo el país, aunque por una diferencia un poco menor, podría terminar siendo positivo como vacuna frente a cualquier riesgo de soberbia. 

Paralelamente, el temor a que la aparición de Maldonado muerto y el descarrilamiento de Carrió pudieran hacer peligrar el triunfo de Cambiemos podría hacer que quienes, dando por descontado el triunfo, pensaban no ir a votar a favor del Gobierno ahora lo hagan.

No sólo Carrió cometió el error de creer plausible que Maldonado estuviera en Chile o se hubiera ausentado a propósito dentro de Argentina cambiando su fisonomía para no ser reconocido, o directamente anduviera sin rumbo, como creyó reconocerlo un matrimonio fueguino que asistió a alguien similar haciendo dedo por la Ruta 40, o el cura que dijo estar convencido de haber hospedado en el hogar Monte Comán de la provincia de Mendoza a Santiago Maldonado. Parte de los periodistas que tienen mucha cercanía con Cambiemos cometieron el mismo error sobre versiones que el propio Gobierno consideraba verosímiles. El viejo problema de cuando los deseos guían los pensamientos. La misma piedra que hizo tropezar a Patricia Bullrich en su ilógica defensa ad hominem de la Gendarmería como un todo, y como si se tratara de una única persona física lo suficientemente íntima como para poner las manos en el fuego por ella.

El caso de Santiago Maldonado mostró lo peor de los candidatos, funcionarios y comunicadores

Falta saber cómo fue la muerte de Maldonado, pero no hacen faltan nuevos datos producidos por el avance de la investigación para evaluar los errores de candidatos, funcionarios y comunicadores.

Esta Argentina hiperbólica, que aumentó su presencia aún más después de la crisis de 2001, de la que Cristina Kirchner también es actora principal, como se volvió a ver en sus reportajes de campaña, es síntoma del fracaso social de una generación. Ahora que está tan de moda el prefijo pos: posverdad, posmodernismo, posindustrial, posperonismo, etcétera, lo que le vendría bien a la Argentina sería ingresar en el poshiperbolismo de la inflación no sólo de la moneda sino de las palabras y los gestos de los actores políticos, una sociedad del espectáculo que parece imprescindible, pero con un estilo histriónico menos ordinario.