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Joaquín Morales Solá

Por Joaquín Morales Solá para La Nación

 

Una nueva grieta abrió una tregua, tal vez fugaz, en la vieja grieta. El proyecto para legalizar el aborto fue un golpe que dividió a los partidos, a los bloques parlamentarios y a la propia sociedad, sin importar géneros o extracción social. Mauricio Macri se encuentra ahora ante una situación inesperada: no hay solución buena. Cualquier decisión sobre el aborto en el Congreso, sea para aprobarlo o para rechazarlo, dejará a la mitad de la sociedad fastidiada con él.

Los argentinos están divididos, en efecto, en partes casi iguales a favor y en contra de la interrupción voluntaria del embarazo. El Presidente aceptó ante legisladores propios que su situación es esa, y les reclamó a los senadores de la coalición gobernante que no voten respaldándose en el Gobierno, que lo hagan solo por convicciones personales. En la aceptación y en el mensaje se desliza, si bien se mira, una suave autocrítica a la decisión de habilitar el debate por el aborto.

En rigor, el Presidente abrió el debate por ese sensible tema luego de recibir un informe verbal del presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, y del presidente del bloque del Pro de ese cuerpo, Nicolás Massot, dos antiabortistas. Eran los tiempos de multitudinarias marchas contra la violencia de género ("Ni una menos"), en las que también se reclamaba por el aborto, y de manifestaciones que reclamaban por la legalización de la interrupción del embarazo. Monzó y Massot (más Monzó que Massot) le advirtieron sobre un eventual proyecto de la oposición por el aborto que terminaría dividiendo dramáticamente al bloque oficialista. El Gobierno decidió entonces que era mejor conducir el debate que dejarse conducir por el debate. Si lo condujo bien o mal es otra cuestión, pero lo cierto es que el tema cortó como un bisturí loco y desordenado a los bandos oficialistas y opositores. El proyecto fue aprobado por la Cámara de Diputados, no sin cierta sorpresa. El Gobierno tenía la información previa de que ganaría el rechazo al proyecto por ocho votos. Terminó ganando la aprobación por apenas cuatro votos. Los diputados del gobernador peronista Carlos Verna dieron vuelta el resultado en el momento agónico, aunque también debe consignarse que dos diputados del oficialismo habían cambiado de posición poco antes. Le ofrecieron a Verna el enorme rol histórico que protagonizan los que deben desempatar una cuestión crucial.

La Iglesia tomó otra actitud a partir de entonces. Más explícita, más combativa, menos distante. El propio Papa recibió la información previa, de parte de altos funcionarios argentinos, de que el proyecto sería rechazado en Diputados. ¿Quién se sorprende por la actitud de la Iglesia? Muy pocos temas, como el aborto, unen dentro de la institución católica en una misma posición a conservadores y progresistas, a seguidores y a críticos del pontífice argentino. El dogma no admite discusión. Casi en el mismo momento, además, un referéndum aceptó el aborto en Irlanda, el país más influido en el mundo por las ideas y los principios de la Iglesia Católica. El papa Francisco tropezó, entonces, con la noticia de que dos países importantes, Irlanda y su propia patria, podrían establecer el aborto en tiempos inminentes. Un antecedente que le reprocharán los sectores ultraconservadores de la Iglesia, que nunca pierden la oportunidad de hacerle un reproche. Si algo quedó claro, al mismo tiempo, es que el Papa no es un referente del peronismo, porque votaron o votarán por el aborto legisladores del kirchnerismo, del massismo y de los gobernadores peronistas.

La aprobación del proyecto por parte del Senado lo convertiría automáticamente en ley, porque el Presidente ya adelantó que no usará su derecho a veto. Pero ¿lo aprobará el Senado? Las versiones sobre el número de senadores a favor y en contra difieren, pero todas coinciden en que el rechazo tiene por ahora más votos. Unos afirman que hay una diferencia de entre cinco y siete votos; otros aseguran que es solo de uno o dos. Ocho o nueve senadores son los que no han definido una posición; algunos de ellos están buscando una diagonal que una a los abortistas y a los antiabortistas. ¿Despenalizar el aborto, pero no legalizarlo? Esa es una alternativa que se estudió, pero perdió fuerza en los últimos días.

Hasta algunos senadores que votarán por la aprobación del proyecto aceptan que este tiene defectos muy graves. Uno de ellos es el que les niega la objeción de conciencia a los médicos y centros de salud que están en contra del aborto. ¿Cómo obligar a alguien a hacer algo que significa, según los principios de esa persona o esa entidad, el asesinato de una vida? ¿Por qué obligar a las instituciones médicas privadas, aun las que no tienen la especialidad de la obstetricia y la ginecología, a hacer abortos libres y gratuitos? Senadores que apoyarán el aborto, algunos peronistas, sostienen que esos defectos se podrían resolver con un veto parcial del Presidente (al artículo que no permite la objeción de conciencia) o con el decreto reglamentario de la ley sobre el caso de las clínicas privadas.

El Senado podría modificar el proyecto, pero este debería volver a la Cámara de Diputados. Muy pocos quieren que eso suceda. Si el Senado lo modificara por mayoría simple, que es lo más posible, una mayoría igualmente simple en Diputados podría insistir en el proyecto y convertirlo en ley. Los que se inclinan por el rechazo temen que el proyecto inicial sea ratificado por Diputados si es reformado en el Senado. Los que están a favor del aborto temen que el resultado cambie en Diputados. Fue tan escasa la diferencia de votos que lo aprobó que solo unas pocas ausencias podrían modificar el desenlace de una nueva votación. Las cosas caminan, al parecer irremediablemente, para que el Senado vote el 8 de agosto por sí o por no. A cara o ceca, aunque nadie tiene la certeza del resultado. Si el Senado rechazara el proyecto será un rechazo definitivo del Congreso.

La única diferencia entre los que están a favor y en contra es que estos últimos necesitan un voto menos, 36 votos. Ese número significaría un empate. Desempataría por el rechazo del proyecto la vicepresidenta Gabriela Michetti. Los que están a favor del aborto necesitan, en cambio, 37 votos. Las dos principales figuras del Senado, Michetti y el presidente provisional del cuerpo, Federico Pinedo, militan en contra del aborto. Es distinto al caso de Diputados, cuyo presidente, Monzó, un católico antiabortista, estaba dispuesto a desempatar a favor del aborto abrazado a la cruz y el rosario. "Se puede engañar a la política, pero no a Dios", lo refutó un importante legislador del mismo Cambiemos en el que cree Monzó. Seguirán siendo aliados después de la última batalla.

Cosas muy parecidas pasaron en el bloque peronista, en el que cruzaron palabras de disenso por el caso de la objeción de conciencia el presidente del bloque, Miguel Pichetto, y el vicepresidente de la misma bancada, José Mayans. Pichetto nació en una familia católica y cumplió con todos los ritos de la Iglesia, pero es un laico. "Al Estado lo que es del Estado, y a Dios lo que es de Dios", suele decir. Mayans es, en cambio, un católico practicante convencido de que hay vida desde la concepción. Los dos se comprometieron a no romper la vieja amistad que los une. En el Senado, el debate es menos tenso que en Diputados, aunque nunca faltan los fanáticos de un lado y otro.

El 7 de agosto se hará la marcha anual a San Cayetano. Es predecible que esa multitudinaria caminata se convertirá en una masiva manifestación contra el aborto. Al día siguiente, el Senado votará rodeado por otra manifestación, pero a favor del aborto, que ya se está organizando. La coalición Cambiemos tiene entre sus partidos al radicalismo, el más laico de todos los partidos argentinos. A su vez, en las filas del Pro, que fundó Macri, milita la mayor cantidad de antiabortistas, sobre todo en el interior del país. Tantas contradicciones, semejante fárrago, la abundante paradoja explican por qué el Presidente reclamó que nadie vote en su nombre.