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Por Jorge Fontevecchia para Perfil

 

En Gabón, los antiguos reyes africanos, antes de ser entronizados, eran insultados y golpeados por sus futuros súbditos. En su libro Masa y poder el premio Nobel Elías Canetti explica cómo poder y chivo expiatorio son intercambiables. La diferencia con Africa atávica es que en la modernidad son insultados y golpeados después de ser entronizados. Esto sucede ahora con Macri como sucedió con todos los presidentes que primero son elegidos como salvadores para recién luego, en el repetir de la cotidianidad, revelarse como personas normales con virtudes y defectos, pero carentes de atributos sobrenaturales que siempre hubiera sido lógico no esperar. Pero parte del subdesarrollo consiste en endiosar a los recién llegados para luego ser crueles echándoles la culpa de las fantasías propias, como aquellos que vieron a Macri saludando con Awada desde el techo de una camioneta blanca el día que asumió a un símil de Kennedy junto a Jacqueline en su clásica foto icónica saludando a la multitud desde un auto descapotable. Está disculpado el ciudadano de a pie que no puede dedicar mucho tiempo al análisis político y delega su capacidad de comprensión de lo complejo a los constructores de sentido mediático que dan sus opiniones en los programas más vistos de televisión y radio. Pero no estos últimos. Un ejemplo paradigmático de la toxicidad opinativa es Julio Bárbaro, el ex director del Comité de Radiodifusión de Néstor Kirchner y secretario de Cultura de Menem. Quien después de haber realizado la peor combinación posible: los medios de Kirchner y la cultura de Menem, como si los nombres influyeran en el destino, quiso primero volver a reciclarse criticando duramente a Cristina en sus años finales y elogiando impudorosamente a Macri, para ahora volver a intentar su twist sin tener en cuenta que la longevidad actual ya no permite mantener la misma técnica toda la vida sin ser descubierto. En su columna el domingo pasado en el portal Infobae titulada “Tengo que decirlo: me avergüenzo de haber votado a Macri”, comenzó exponiendo: “El gobierno de Mauricio Macri vino pleno de soberbia a terminar con el populismo y todo aquello que fuera expresión de pasión popular. Una vieja película del genio de Federico Fellini se titulaba Los inútiles, alguna semejanza me revivió su nombre en el recuerdo. Un antiguo tango rezaba: ‘Niño bien, pretencioso y engrupido, que tenés berretín de figurar’”. "Berretín de figurar”, proyecta Julio Bárbaro, objeto de chistes por casi todos los productores de programas que saben contar con él siempre disponible por si falta algún invitado. Pero su persistencia altisonante entretiene: tras declararse el principal arrepentido de haber votado a Macri, logró ser nuevamente invitado a la mesa de Mirtha Legrand este fin de semana. Pero Bárbaro es apenas un significante del subdesarrollo emocional que repercute en nuestra economía. Otro significante en sentido opuesto es el matemático, analista de riesgo y probablemente el mayor “epistemólogo de la aleatoriedad”, Nicholas Taleb, quien después de haber ganado fortunas como inversor se dedicó a ser profesor de las universidades de Oxford, Nueva York y Massachusetts, y fundar el Instituto de Riesgo Mundial Real. En la Argentina actual es muy recomendable la lectura de sus dos libros más renombrados: Antifrágil y El cisne negro, este último considerado por The New York Times como uno de los doce libros más influyentes del último siglo y que vendió más de tres millones de ejemplares. Ambos textos están conectados porque la tesis de Taleb, antagónica con la teoría de las formas de Platón, es que todas las teorías son insuficientes para predecir la realidad, la que es construida por una sucesiva aparición de cisnes negros que a posteriori siempre se explican (“el inesperado efecto del previsto aumento de las tasas de interés en EE.UU.”, “la inesperada mala cosecha” que sucede cíclicamente cada equis cantidad de años), subestimando la aleatoriedad porque “nosotros, los humanos, frente a los límites del conocimiento, y las cosas que no observamos, lo invisible y lo desconocido, resolvemos la tensión reduciendo la vida y el mundo en ideas genéricas”. Taleb prescribe el método de lo “antifrágil”, neologismo que creó para diferenciarlo de palabras como resiliencia, que define la capacidad de resistencia a la adversidad, mientras que lo antifrágil no solo resiste, sino que se beneficia con el caos y el desorden, más eruditamente definido como la “aleatoriedad estructurada” en la física cuántica. Frente a la “indecibilidad estadística”, desaconseja inversiones de riesgo medio porque el riesgo es casi imposible de calcular y propone ser hiperagresivo e hiperconsevador al mismo tiempo: 80% en seguros bonos del Tesoro norteamericano y 20% en apuestas altamente especulativas y diversificadas. Su teoría de cómo los estresores actúan sobre cualquier organismo generando robustez (antifragilidad) la traslada a la actividad física: en lugar de una rutina de esfuerzo medio, otra con picos de esfuerzo y mesetas más relajadas. Taleb, en su método para “sobrevivir en un mundo que realmente no entendemos”, llega al extremo de pedir que se cancele el Premio Nobel de Economía porque el daño que hacen las teorías económicas equivocadas puede ser devastador: “Es mejor reconocer que no se tiene mapa a tener uno equivocado”, y cae en exageraciones y extravagancias. Pero es útil para reflexionar sobre el minimizado papel del azar y no endiosar a los que han acertado o han llegado, ni tampoco denostar ni ridiculizar a los que han errado, que normalmente son los mismos en dos momentos distintos de su vida. Macri no era Kennedy en diciembre de 2015 (tampoco Kennedy era Kennedy, sino una imagen). Quienes así lo vieron volverían a equivocarse si descargan su culpa sobre el Presidente, que ya tiene las suyas propias. Los fracasos solo pueden servir para aprender, no nos perdamos también eso en la cómoda autocomplacencia de la queja. (Fuente www.perfil.com).