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Eduardo van der Kooy
El Gobierno consumió casi todo su menú para estabilizar el dólar y tranquilizar los mercados. Aún no lo logró.

Por Eduardo Van der Kooy

El presidente Mauricio Macri bajando del helicoptero presidencial en el Campo Argentino de Polo. (Federico López Claro

Carolina Stanley elaboró un plan alimentario de emergencia para lo que resta de este año. Mauricio Macri lo conoce. Falta la partida presupuestaria que debe liberar Nicolás Dujovne, el ministro de Hacienda y Finanzas. La preocupación de la ministra de Desarrollo Social, que es la de muchos aunque no de todos en Cambiemos, estaría trasuntando dos cosas: la severidad del impacto recesivo que se avecina; la necesidad del Gobierno de retrotraer sus planes a los del 2016. Es decir, prestar atención sobre todo a la contención social.

Durante el año inaugural de gestión esa tarea estuvo justificada por la herencia kirchnerista, la profunda desarmonía económica y la aparición en el poder de una experiencia inédita. Una coalición gobernante con minoría parlamentaria. La prioridad fue desactivar la bomba. Hasta mayo pasado parecía que se había logrado. Pero la tormenta financiera repuso la crisis. Otra bomba. El Gobierno ha tenido que retroceder. Casi está volviendo a empezar, con el agravante de la cercanía del horizonte electoral. Lo peor no habría pasado. Aún faltaría, quizás, para que llegue. Por una vez, el Poder Ejecutivo podría acertar con sus augurios semestrales: asoma un segundo tramo del año bien difícil. Habrá que ver si, como espera, se produce la ansiada reanimación en el 2019.

El Gobierno continúa lidiando con las contradicciones. Sus soportes fueron durante los dos primeros años las expectativas económicas que supo generar y la comunicación que utilizó en sustitución de la política. Aquellas expectativas han adelgazado demasiado. La comunicación deambula ahora entre la nueva dura realidad y cierto optimismo genético que caracteriza al macrismo.

Tal desacople afloró en la última reunión de Gabinete. Hubo una lectura rápida de la huelga general. El énfasis recayó sobre las internas sindicales antes que en los conflictos que detona siempre cualquier devaluación. El ministro de Turismo, Gustavo Santos, resultó oportuno. Desplegó hipótesis sobre el desarrollo del turismo interno para las vacaciones de invierno. Será empujado por la cotización elevada del dólar. Dujovne se ocupó de repasar las cifras del crecimiento del primer trimestre. Aunque formen parte de otra historia. En el mismo ámbito, Stanley custodiaba celosamente su carpeta con el plan reforzado de asistencia alimentaria.

Todos los presentes, sin excepciones, quedaron sorprendidos por una novedad. Por primera vez participó del plenario de los ministros Alejandro Rozitchner. Filósofo, escritor y asesor del Presidente. En los primeros tiempos del Gobierno supo tener mayor participación pública. La aderezó con frases controvertidas. Su aparición despertó un montón de conjeturas. Algunas ligadas a carencias oficiales actuales. ¿Estará Macri en la búsqueda de algún hilo que permita la construcción de un relato diferente? A tono con las circunstancias, sin abandonar emanaciones de alegría. ¿La repentina plana de Rozitchner podría anticipar cierto ocaso de Jaime Durán Barba? El asesor ecuatoriano fue pieza clave en las mejores épocas de Cambiemos. Pero esas épocas pasaron. Puede que requiera de alguna colaboración.

El Gobierno necesita con premura recrear expectativas. Pero antes debe anclar su mensaje en algún lugar solvente. No insistir, tal vez, con que el momento doloroso de la crisis ha sido superado. Ni embriagarse con encuestas, como aquella que marcó un suave repunte en la imagen de Macri los últimos días, que son producto de la fugacidad. El macrismo cayó en el error otra vez con la tormenta financiera. Marcos Peña, el jefe de Gabinete, y Dujovne, arriesgaron que habría sido superada. Los confundió el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). La persistente volatilidad de los mercados y el respingo del dólar verificados la semana pasada están indicando lo contrario.

A Cambiemos parecieran desorientarlo además algunas secuencias. Las últimas turbulencias financieras son adjudicadas al revuelo internacional que están produciendo las fricciones comerciales entre Estados Unidos y China. Hay una dosis de verdad. Aunque no toda. La Argentina padece siempre mucho más que sus pares emergentes por tres motivos: las deficiencias estructurales de hace décadas ahondadas por el kirchnerismo; el endeudamiento al que debió recurrir Macri para administrar tales deficiencias; la mala praxis de gestión en instancias cruciales. Para colmo aquellas mismas turbulencias lo obligarán a rehacer tareas que, en parte, había hecho. Deberá renegociar los contratos con las empresas energéticas porque los ajustes de tarifas quedaron casi licuados. Y no dispondría de margen para más.

Al Gobierno se le corren los límites de la geografía en que se va desenvolviendo. Las dudas del inicio del mandato tuvieron relación con la experiencia política inédita en el país. Cuando Macri asentó la gobernabilidad se dispararon enigmas sobre la capacidad para sortear la elección de medio término. Logró hacerlo con mayor holgura de la esperada. Quizás una ventaja, al final, inconveniente. Presumió estar en condiciones de afrontar los desafíos pendientes sin solicitar ayuda. La tormenta financiera pareció recolocar casi todos los interrogantes. ¿Podrá el Presidente estabilizar la situación? ¿Podrá hacerlo sin hipotecar su reelección? ¿ Quién estaría, si no la consigue, en aptitud de sucederlo? La oposición representa un muestrario de señales enmadejadas, que oscilan entre la vieja retórica de Cristina Fernández y un peronismo dispuesto a reconvertirse pero que carece aún de conducción.

En ese recorrido desde octubre el Gobierno fue abriendo otros frentes de conflicto. Lanzó al debate público la ley de aborto que agudizó sus clásicas tensiones con la Iglesia. También con Francisco, el papa. Nadie puede objetar la importancia de una cuestión que, al margen de las creencias religiosas, tiene relación con la salud pública. Pero la coalición oficialista tampoco expresa convicción y claridad sobre el tema. Apostó por la media sanción en Diputados debido a la amenaza de la tormenta financiera y el debilitamiento presidencial. La ley de despenalización circula en el Senado en medio de una curiosidad: las principales autoridades, Gabriela Michetti y Federico Pinedo, del riñón macrista, se oponen. La oposición, en especial el kirchnerismo, pugna acelerarla por una razón de oportunismo. Quiere exponer al Gobierno delante de la Iglesia. Supone que cuentan con el blindaje de muchos obispos de la nueva cúpula diseñada por Jorge Bergoglio que condenan la despenalización. Pero comulgan con el relato kirchnerista para hacer frente a la situación social.

María Eugenia Vidal y Stanley intentan compensar el desequilibrio. Ambas se manifestaron sin fanatismos contra la despenalización del aborto. Por la misma cuerda anda Horacio Rodríguez Larreta, el jefe porteño. La gobernadora de Buenos Aires y la ministra de Desarrollo Social tienen llegada directa al Papa. Con el Sumo Pontífice estuvieron hace pocas semanas durante una hora y veinte minutos en el Vaticano. Esa conversación sigue guardada en un cofre subterráneo.

Vidal y Stanley frecuentan también a los obispos cercanos a la Comisión de Pastoral Social que conduce Jorge Lugones. Este jesuita talla en Lomas de Zamora. Su diócesis atraviesa seis municipios muy humildes del Conurbano. Lugones avaló la huelga sindical del lunes 25 cuando declaró que se trata de “una herramienta” que propone la Iglesia contra las “injusticias sociales”. El mismo obispo cuestionó, en presencia de Stanley, la presunta insensibilidad de Vidal durante unas jornadas de la Pastoral Social.

La gobernadora supo mantener la cabeza fría. Dentro de Cambiemos le habrían reprochado el silencio. No haberse animado a cruzar a Lugones. Prefirió que las aguas corran para no causar la ruptura de otro dique. De hecho, recibió adhesiones de curas –incluso simpatizantes K-- que trabajan en el cordón bonaerense y se sintieron disgustados también por aquella descortesía de Lugones.

Vidal colaboró en la confección del plan alimentario que Stanley tiene listo para la emergencia social que atisba. Está pensado para ser aplicado en todo el país. Pero Buenos Aires representa la comarca más sensible. La gobernadora anticipó allí el pago de aguinaldos. Aumentó además las jubilaciones y las asignaciones.

Su previsión llega más lejos. Porque sabe lo que está ocurriendo y lo que podría ocurrir. En especial, cuando la recesión golpee y haya que transitar el camino pedregoso que conduce a fin de año. En los comedores escolares provinciales, donde asisten alrededor de 1.700.000 alumnos, se decidió incorporar un refuerzo: desayuno en el turno mañana y merienda a la tarde. También fue resucitado el plan Más Vida, promovido alguna vez por Daniel Scioli. Había caído casi en desuso. Incluso con fallas de instrumentación. Participan de modo directo los municipios. Son beneficiarios cerca de medio millón de familias en condición vulnerable con población materno infantil. Y niños de hasta seis años.

Vidal y Stanley imaginan los daños que vendrán. Aunque no descubren su verdadera magnitud. Nada podrá saberse hasta que se restablezca cierta normalidad. El Gobierno jugó a conseguirla vendiendo desde marzo US$ 15 mil millones de sus reservas. Luego apostó al cambio de timón en el Banco Central y al pacto con el FMI. Por último, a la declaración de la Argentina como nueva nación emergente. Pero sigue en veremos. Sin una hoja de ruta consistente.

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