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Joaquín Morales Solá

Por Joaquín Morales Solá para La Nación

 

La pregunta no era si la Argentina se quedaría sin crédito externo, sino cuándo sucedería esa crisis terminal de financiamiento. Cuando Mauricio Macri advirtió que era eso lo que estaba escuchando de sus funcionarios, aceptó de inmediato el consejo del ministro de Finanzas, Luis Caputo, que le venía proponiendo recurrir preventivamente al Fondo Monetario. El término "preventivo" es correcto, porque al país no le habían cerrado las puertas los prestamistas privados cuando decidió pedirle un favor a Christine Lagarde. 

Era seguro, sin embargo, que en algún momento lo harían. A grandes trazos, influían tres factores: los cambios en la economía internacional (la suba de tasas en los Estados Unidos); la vulnerabilidad de la economía argentina (déficits fiscal y de cuenta corriente muy altos), y la demagógica distancia que los opositores locales habían tomado del Gobierno.

Macri hizo varias autocríticas explícitas e implícitas. La primera de ellas, que fue expresa, se refirió al exceso de optimismo cuando el macrismo accedió al poder. Subestimó la enorme carga de la gestión cristinista que recibía y confió en que algo más razonable en la administración provocaría por sí solo un torrente de inversiones. Aceptó el consejo de Durán Barba de que a la sociedad le importa más el futuro que el pasado. Es cierto que cualquiera prefiere que le hagan un boceto del futuro antes que repasar lo que ya vivió. Pero un gobierno no puede saltarse la obligación de aclarar con qué dificultades dará el primer paso. Un ministro de Macri suele decir, por ejemplo, que la decisión de Cristina Kirchner de vender dólares a futuro, a un precio un 30 por ciento más bajo que en el mercado local, fue una bomba de tiempo colocada bajo los pies de cualquier gobierno que la sucediera.

Autocríticas menos explícitas significaron una importante modificación en el ritmo del gradualismo para la reducción del déficit fiscal y la recreación de una mesa política. Ambas cosas están estrechamente vinculadas. Hay que volver a Durán Barba: él dijo que Macri no es neoliberal ni desarrollista, sino lo que puede ser. Así es. Se terminó el gradualismo, entonces, para ingresar en el pragmatismo sencillamente, porque no tiene margen para seguir con el gradualismo tal como este era. Y para eso necesita que lo acompañen sus aliados y un sector importante del peronismo. Si se repasa el período de gobierno de Macri es fácil descubrir que el ala política de su administración siempre cobró importancia en momentos de crisis. Luego, perdió peso en las decisiones. Más allá de la discusión sobre si fueron la convicción o el susto lo que impulsó el actual acercamiento a los políticos, lo cierto es que no se trató de una crisis pasajera. Las raíces del problema están como estaban antes de la reciente conmoción.

El único resultado bueno de los últimos días para el Gobierno es que la sociedad vio el espectro de una crisis. No fue así en diciembre de 2015, cuando la crisis estaba sepultada bajo el intenso maquillaje del cristinismo. Fue un mal comienzo para el macrismo, porque las sociedades no agradecen las crisis que se evitan. En efecto, los datos macroeconómicos que llevaron al último conflicto no se modificaron. Si los bonos del tesoro del ministro Caputo fueron una solución salvadora e inesperada, hay que señalar que le costó más de lo que cualquiera imagina el compromiso de parte de importantes fondos de inversión extranjeros (BlackRoch y Templeton). Caputo estuvo negociando con ellos hasta la medianoche del lunes pasado, horas antes de que los presentara ante el mercado. Son fondos que han decidido quedarse entre cinco y ocho años, según el bono, porque dicen apostar a largo plazo. "Los que juegan a ganar en 30 o 60 días, que se vayan. La plata está", se escuchó decir a una destacada figura del Gobierno. Hay humo y, por lo tanto, hay fuego. Mientras haya fuego el ala política no volverá rápidamente al viejo invernadero.

A los gobernadores peronistas, aun a los más racionales, les gusta la belleza de las contradicciones. La razón los asiste cuando señalan, como lo hizo el cordobés Schiaretti, que los subsidios a la energía y al transporte benefician nada más que a los habitantes de la Capital y del conurbano. El resto de los argentinos paga las tarifas de los servicios público con precios muchos más altos. Es una enorme injusticia porque señala que el país tiene ciudadanos de distintas categorías. Pero los gobernadores dejaron hacer a sus diputados cuando estos aprobaron un proyecto para frenar una decisión de Macri que intenta eliminar esos privilegios de los que viven en la región metropolitana. Diputados y senadores del interior maltratado están haciendo demagogia con los privilegiados de la Capital y el conurbano. Hasta la demagogia merece una explicación. No la hay. Y los gobernadores no hicieron nada para evitar ni la contradicción ni la demagogia.

La opinión sobre el trato privilegiado a los metropolitanos en la cuestión de las tarifas no es solo de gobernadores peronistas. Aunque en silencio ante los micrófonos, opinan lo mismo los tres gobernadores radicales (Cornejo, de Mendoza; Valdés, de Corrientes, y Morales, de Jujuy). Los peronistas dicen que ellos tienen superávit y que no pueden hacer más ajustes. Pero las provincias y los municipios han aumentado exponencialmente el número de empleados públicos. El gobierno de Macri les pedirá algunos sacrificios y el acompañamiento político en duras decisiones sobre los gastos del gobierno federal; una parte de esos gastos terminan en las provincias. Un compromiso claro y perdurable en el tiempo. "Reducir el déficit significará que habrá líos con algunos sectores. Si no hubiera problemas, no habría decisiones serias. La pregunta que debemos hacernos es con quiénes queremos enfrentarnos", dijo francamente otro ministro de Macri. El macrismo no quiere repetir la historia de los últimos años. Los gobernadores peronistas ayudaron a aprobar leyes en el Congreso, pero se olvidaron de esas cuestiones cuando volvieron a sus provincias. Ayudaron, por ejemplo, a aprobar el presupuesto de este año que incluía los aumentos tarifarios. Se desentendieron luego de las tarifas cuando el gobierno las aumentó.

El obstáculo que habrá en adelante, y que no había antes, es que estará en el medio un acuerdo con el Fondo Monetario y que este podría caer por incumplimiento. El acuerdo se firmará. Lagarde no es Anne Krueger; la actual directora general del Fondo viene de la política (fue ministra del presidente francés Nicolas Sarkozy) y todavía es criticada por los ortodoxos por su política flexible frente a la crisis de Grecia. Pero hay una línea de pensamiento básica del Fondo que no ha cambiado. Lo que está haciendo Macri, en última instancia, es adelantarse a los pedidos del Fondo. Devaluó antes de que le pidan que devalúe, aunque también el mercado se lo terminó imponiendo. Anunció una reducción del déficit antes de que le requieran mayor seriedad en el gasto público. Y tratará de seducir a la oposición para parecer creíble ante sus interlocutores extranjeros. Esa misión política tiene dos límites imponentes. Uno: la primera ronda de las elecciones presidenciales (las PASO) será dentro de apenas 14 meses; el tiempo es escaso para los que pronto deberán competir. El otro: tres de cada diez argentinos viven bajo la línea de la pobreza.

Los principales sectores de la vida pública, incluidas franjas del periodismo, bordearon un catastrofismo sin límites. También hubo errores en la comunicación del Gobierno. Una autocrítica implícita de Macri fue al manejo de la comunicación oficial. El Presidente demostró en la conferencia de prensa que el mejor Macri es el Macri espontáneo, el que no se somete previamente a diversos ensayos que terminan por alejarlo de la gente común. El país pasó del exceso de personalismo comunicacional de Cristina Kirchner a una ausencia presidencial en las comunicaciones. Semejante contraste no podía suceder mansamente. No sucedió.