El presidente Mauricio Macri prometió, durante la campaña electoral de 2015, conciliar objetivos tensionados. Por un lado, el clásico programa de la derecha argentina: liberación de mercados, baja de retenciones e “impuestos al trabajo”, desregulación laboral, descuartizamiento de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, jubileo para los capitales especulativos. Por otro, en simultáneo, mantener el elevado piso de protección social edificado en la etapa kirchnerista, el valor adquisitivo del salario y las jubilaciones, la merma fulminante de la inflación, la pobreza cero.

Hacerlas convivir discursivamente era, relativamente, sencillo si Cambiemos se granjeaba credibilidad entre la ciudadanía. Capitalizó, con astucia y sentido de oportunidad, la alta mezcla de fatiga-rechazo respecto del kirchnerismo que sumaba reproches éticos, estéticos y un castigo por el amesetamiento del modelo nacional-popular.La primera hazaña de Macri y María Eugenia Vidal consistió en llegar, en yunta, a la presidencia y a la gobernación bonaerense. Aunque difícil era más accesible que la segunda: revalidar títulos en las elecciones de medio término, cuando se evaluaban, además de las promesas o ilusiones, las realizaciones, logros, retrocesos, asimetrías.

El Gobierno sobrecumplió la oferta a sectores dominantes, notables ganadores del lapso corrido entre la asunción y el presente. Acumularon poder en el Estado, lucraron con la redistribución regresiva del ingreso. Hasta ahora eluden ser castigados por elusiones y evasiones impositivas y chanchullos varios en nuestro suelo y en los mal apodados paraísos fiscales.

La derecha gobierna y conserva niveles elevados de consenso, concilia el agua y el aceite. Que beneficie a la clase dominante no llama la atención, sí la cantidad de votos que conserva. 

Supo valerse de recursos clásicos de la política en 2017, el año electoral. Obra pública, un parate transitorio de los aumentos de tarifas, un retoque de los planes sociales. Difirió las reforma laboral y jubilatoria hasta después del comicio.

De cualquier modo, el doble modelo entra en cortocircuitos, cada vez más chocantes. Los conflictos derivados del aumento de tarifas constituyen un ejemplo, el desbarajuste en la City otro. La batalla contra la inflación, pan comido en el repertorio de campaña, está perdida para este año.

Las retenciones bajaron, las concesionarias de servicios públicos se la llevan con pala, el sector financiero no le va en zaga. 

En período de vacas flacas, Carrefour obtiene reducción de cargas sociales entre otras canonjías como trueque por una imprecisa “paz social”.(ver nota aparte). Hasta ahí, las promesas que cumplen.

Las otras caen en el olvido.La tercera o cuarta ronda de despidos en el Estado boga viento en popa, con especial saña en instituciones modelo, entes de control o de promoción social: INTI, INTA, SENASA, Agricultura Familiar,Hospital Posadas.

La industria, mano de obra intensiva y enfilada al consumo interno, es otro blanco móvil. Las pequeñas y medianas empresas (PyMEs) padecen la etapa.

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Volverán los capitales golondrina: La lluvia de dólares llegó, gracias al cielo y a las dadivosas franquicias del “modelo”. Sin embargo, como escribió Santa Teresa de Jesús y recogió Truman Capote, “se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”.

Los capitales golondrina sobrevolaron y anidaron en Argentina, como tantas otras veces. Buscaron el maná de las ventajas comparativas: la especulación financiera es la estrella del modelo macrista, la productiva es dilemática. Sobre todo, si el mercado interno se contrae y los salarios no conforme al deseo oficial.

Las golondrinas buscan el sol del verano cuya duración, a diferencia del meteorológico, es variable e impredecible. En cierto sentido. Los economistas críticos o heterodoxos enseñan, sabiamente, que los ciclos especulativos concluyen o se re encauzan siempre,con frecuencia de modo abrupto. Cuesta anticipar la magnitud del cese o la fecha del vuelo de regreso porque dichas variables las manejan los grandes jugadores o dependen de imponderables del sistema capitalista mundial. Son inexorables, no están fechados. De ahí que nadie (o casi nadie, quién sabe) vaticinó las colosales de dólares que realizó el Banco Central, récord de décadas. 

Mientras el dólar estuvo anclado, las golondrinas anduvieron en bicicleta: cambiar dólares, comprar LEBAC con intereses altos pedalear unos meses, recomprar verdes, alzarse con un rinde formidable en cuestión de meses.

En la semana que pasó, la estrella fue el dólar. Cualquier poblador de este suelo tiene derecho a comprar cinco millones por día… lo ejercen pocos, por motivos evidentes.

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Fuego amigo, paradojas dialécticas: Las grandes empresas agropecuarias retraen la liquidación de divisas, en espera activa de devaluación. 

Los capitales golondrina emprenden vuelo, aducenque una leve suba de intereses de la Reserva Federal motiva la fuga o que un modesto impuesto a las LEBAC les causa frío a las golondrinas. Como explicó el colega Raúl Dellatorre anteayer en PáginaI12, ninguno de estos cambios es tan rotundo como para explicar la fiebre compradora.

Los sectores privilegiados, que medraron de lo lindo en la era macrista, disparan fuego amigo contra el modelo M, optimizando ganancias…está inscripto en su naturaleza y en su esencia.

Quien supo moverse en esta semana se llevó intereses enormes, en un día o en cinco. Si la devaluación avanza (día o semana más o menos) el Banco Central (BCRA) le habrá financiado compras a precio de pichincha con un rinde envidiable. Para contrarrestar la corrida, oferta la rentrée de la bicicleta en LEBAC. Gastó reservas que engordaron el bolsillo de los especuladores. Pronto desembolsará los intereses de las letras. La plata con las que se pagarán es capital de todos los argentinos.

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Democracias sesgadas: La dialéctica es clave para comprender la historia o hacer crónica. Vale asimismo para explicar que las luchas de la oposición política y social contra tarifazos y reformas reaccionarias, en caso de prosperar balancearía (un cachito) la lesividad de la política económica. Es su deber democrático y representativo, paradójico si lo miramos distraídamente.

Desde la Casa Rosada y zonas de influencia imputan a la oposición estar desestabilizando. Mal cálculo: desestabilizan más “los mercados” que un rato de batahola en el Congreso o en la calle.

El recurso de la desestabilización peina canas: se acuñó durante la presidencia de Raúl Alfonsín. Sesudos intelectuales pintaban a las demandas como un riesgo para el sistema democrático. En nuestras propias palabras: la sobrecarga podía hacer saltar el disyuntor (expresión que viene a cuento, hoy en día). En verdad, la brega por ampliar derechos es consustancial al sistema, lo defiende o perfecciona.

El sociólogo Guillermo O’Donnell lo explicó en un formidable discurso, pronunciado en 2003, aunque deja la impresión de haber sido pronunciado anteayer. Está publicado en el libro “Disonancias. Críticas democráticas”. Afirmó que “Como intelectuales nos compete, sobre todo, hacer una persistente seria y fundada a estas democracias tan socialmente sesgadas. Esto no implica buscar los ‘amplios consensos’ que se ha puesto de moda invocar. Se trata, más bien, de no temer los conflictos que sin duda desatarán los intentos de extender los aspectos civiles sociales y económicos de estas democracias”.

Ampliemos el deber a ciudadanos de a pie, dirigentes de toda estirpe, funcionarios, hasta jueces. Los conflictos existen y no tienen una solución ecuménica, win-win, esas son sarasas de grupos de autoayuda o de gurúes macaneadores y rentados. 

El gobierno resuelve cómo asignar los bienes escasos, aquél con sesgo de clase traduce sus preferencias al distribuirlos.

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Amigos con derechos: La oposición confluye en el Congreso, forzando el debate sobre las tarifas. La reunificación preocupa al oficialismo que teme la sanción de una ley adversa a su cuadro tarifario, a su proyecto y a las concesionarias de servicios públicos que, mayormente, son lo mismo.

Macri amenaza con el veto presidencial, como recurso legal de última instancia. Lo aplicó, sin costos ni repercusiones visibles, contra la ley antidespidos. Las simetrías terminan ahí. Esa norma fue impulsada por la Confederación General del Trabajo y los legisladores peronistas, moviéndose como vanguardia. No existía una demanda social previa, gente común broncando y manifestándose. Aquel riesgo o daño era menos perceptible que el aumento de tarifas que cualquiera entiende cuando recibe la factura. Los aumentos son impopulares y antipopulares, el veto dejaría expuesto al presidente. Aquí y ahora, los políticos son polea de transmisión de los reclamos sociales.

Los funcionarios arguyen zonceras mientras se pelean puertas adentro, dibujan cifras inverosímiles que no resisten el cálculo concreto de cualquier usuario, de las familias, de las empresas u organizaciones sociales.

El presidente del Banco Nación, Javier González Fraga inauguró el discurso contra los argentinos que se creen con derechos, a un plasma, un celular bueno, una moto o un autito. Macri transforma el relato económico en una prédica moral: reclama austeridad, ascetismo hasta estoicismo a personas de clase media o trabajadora.

Jamás saldrá de su boca un reproche contra el insaciable afán de medrar de los grandes capitales. Se comprende: se trata de sus aliados, sus amigos, de ellos mismos camuflados bajo la fachada de sociedades anónimas o empresas off shore. Esa gente sí que tiene derechos ilimitados. La ideología se deja ver, desnuda conflictos de intereses, sincera el modo en que se dirimen.

En lo que va del año el dólar trepó más del 20 por ciento, sacándole ventaja a la inflación Esta no debe darse por vencida:la suba de la divisa, de las tasas de interés, de las tarifas, de los combustibles la harán trepar más pronto que tarde.

Si alguien le cuenta lo contrario o es un imbécil o piensa que la gente común es lela. Dejamos a quien lee que defina en qué categoría clasifica a Federico Sturzenegger, presidente del BCRA y a quienes le hacen coro. Se admiten respuestas mestizas.

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