LRK 350 FM La Esperanza 100.1Mhz

"Nuestro norte es el sur"..., de Salta para el mundo || S.I.L.E. Servicio Infomativo FM La Esperanza

Visitantes

Hoy 45

Ayer 105

Esta Semana 506

Este Mes 1988

Total 3664884

Currently are 132 guests and no members online

Kubik-Rubik Joomla! Extensions

 

Jorge Fernández Díaz

Por Jorge Fernández Díaz para La Nación

 

Presiente Alejandro Katz que se está abriendo en la Argentina una saludable discusión ya no sobre el pasado, sino sobre los trazos finos del próximo gobierno de Cambiemos. Esa intuición se basa en que solo un cisne negro sacará al peronismo de su postración fragmentaria, y que los socios de la coalición gobernante se hacen oír entonces de manera estentórea. Sin mayorías parlamentarias pero también sin las viejas sombras amenazantes, Cambiemos ejerce una centralidad en la política que le permite jugar a ser oficialismo y oposición al mismo tiempo, algo que solo conseguía el movimiento de Perón en sus años de apogeo. Todo este espectáculo consolida la idea (cierta o falsa) de que el kirchnerismo ya no regresará al poder y de que el justicialismo carece de un líder competitivo. Pero por paradoja, esos alivios no resultan fértiles para el oficialismo, al que siempre le fue mejor con la imagen de debilidad que con la de fortaleza, y que muchas veces fue perdonado precisamente por el miedo a ese retorno, tanto por sus votantes como por sus aliados. Los primeros, en consecuencia, están siendo menos pacientes con la economía y más críticos con los pecados de la ética, y los segundos no quieren ser convidados de piedra en el diseño general.

Una escena de diciembre en la residencia de Olivos, frente a los diputados radicales recién llegados al Congreso, resulta hoy premonitoria. Mario Negri tomó allí la palabra y le dijo a su anfitrión: "Señor Presidente, usted sabe mucho de autos. Nosotros manejamos un prototipo que tiene cuatro años de garantía. Ya hemos cubierto la mitad del camino y nos fue bien. Ahora nos toca hacer un service". Pero el macrismo se siente genéticamente dueño del coche, y está demasiado concentrado en avanzar sobre los ripios. La coalición, por desidia o por egoísmo, nunca entró en el taller y siguió rodando. Y los radicales, salvo con algunos temas puntuales, se fueron enterando de muchas iniciativas por los medios de comunicación. Ocurrió, por ejemplo, con la despenalización del aborto y la nueva agenda de género. Tampoco son víctimas inocentes: a veces se quejan sin aportar propuestas, y ceden a la demagogia para no decepcionar a su clientela y para contener en el partido a los dirigentes más incómodos; también para no dejarse aventajar por Elisa Carrió, que pesca en esa misma laguna con mediomundo. Lilita no quiere perder su capital simbólico, su inmensa grey de clase media ni el sidecar que inventó para los disidentes de Macri que andan a los gritos pelados, pero que en el fondo no desean romper con el único gobierno no peronista que puede terminar su mandato después de tantas décadas de hegemonía y decadencia.

Los gerentes no han sabido gerenciar la alianza, sus socios amplificaron las críticas ante los micrófonos y hasta el peronismo "racional" -naturalmente acuerdista-, se vio obligado a endurecer posiciones: no es la primera vez que ese sector tira la bronca en Balcarce 50 porque ellos condescienden en medidas antipáticas y los aliados de Macri se indisciplinan en nombre de la "sensibilidad social". La escalada absurda de esta semana provocó que los dos o tres peronismos, que se odian a muerte, no tuvieran más remedio que sacarse una foto juntos, algo que hizo tragar saliva a los muchachos del Excel; no se puede dar una batalla con la retaguardia insegura y es de esperar que en la situación desesperanzada en la que se encuentran los tiburones del General busquen limar todo lo posible al adversario. En la intimidad, casi todos los opositores saben que la dolorosa normalización de las tarifas es necesaria, pero para tener futuro en las urnas, necesitan que el sacrificio de los usuarios le salga al Gobierno lo más caro posible. Se llama oportunismo, y es uno de los recursos más antiguos del hombre. Deben regular sin embargo la máquina, no sea que les resulte un búmeran: quienes quebraron el Estado y destruyeron el sistema energético -muchos de ellos reconocidos piantavotos y espantapájaros de cartel- marchaban el jueves con velas en las manos. No solo desprestigiaron el reclamo genuino, sino que presentaron una alegoría tragicómica: los adoradores y adoratrices de Venezuela que nos conducían al apagón total empuñaban velas para recordarnos involuntariamente el adminículo con el que andaríamos todas las noches si su régimen se hubiese perpetuado. Jack el Destripador marcha en protesta contra los desaprensivos cirujanos blandiendo escalpelos filosos.

Una cierta autocomplacencia florece, no obstante, entre los principales dirigentes oficialistas. Para algunos, Carrió y los radicales salvaron la ropa en el último momento; para otros, todo se trató de una picardía genial y a lo sumo de un error de cálculo y de una desavenencia pasajera. Deberían acudir juntos a una terapeuta de familia, porque una cosa es debatir -como propicia Katz- y otra es protagonizar un bochorno de conventillo y de escalones enjabonados. Los principales dardos contra el programa antiinflacionario, las más insidiosas sospechas sobre la falta de transparencia y las más efectivas confirmaciones de que este es un gobierno insensible lleno de pitucos partieron alegremente de las trincheras amigas durante estos días ardorosos. Esas confesiones de parte abren la temporada de tiro. Pronunciadas a viva voz habilitan a sindicalistas, piqueteros y pirañas de diverso paladar a usar esas citas para legitimarse y para ponerle la proa al proyecto de la Casa Rosada. Que resulta la principal responsable de esta insólita situación, tanto como lo es el marido negador en un latente conflicto de pareja.

Uno de los capítulos más reveladores de toda esta comedia de enredos lo constituye el pedido de juicio político a Ricardo Lorenzetti. En la mesa chica del poder, donde Lilita tiene nuevos amigos y defensores a ultranza, ella anunció que pisaría el acelerador: "No les pido que me apoyen, no me pidan que me baje". El Presidente salió a despegarse de esa embestida, y el nuevo líder de la UCR, directamente a censurar la maniobra de su socia. Más allá de los notables aciertos y logros que acredita Carrió en la defensa republicana y en la clarividente lucha contra la corrupción, y más allá incluso de la opinión que cualquiera tenga sobre Lorenzetti, lo cierto es que estamos hablando de destituir al presidente de la Corte Suprema de Justicia. Un asunto muy serio en cualquier país y en cualquier circunstancia, y decididamente grave en una fuerza institucionalista que procura la seguridad jurídica para generar un nuevo pacto de convivencia entre los argentinos y para que vengan inversiones del exterior. El modo de realizar semejante faena implicaría, en principio, un acuerdo interno completo, luego una búsqueda de consenso con las distintas oposiciones y finalmente una campaña de esclarecimiento en la Argentina y en el mundo. El mismísimo Néstor Kirchner, para cambiar algunos miembros de la Corte, debió instrumentar una escalada de explicaciones en Estados Unidos y Europa: en esos comienzos todavía buscaba dar señales de previsibilidad. Aquí y ahora, no se sabe a ciencia cierta qué pretende esta coalición, ni por qué camina en círculos y a la bartola, manoseando frívolamente un asunto de extremo cuidado. Una discusión para el hipotético segundo mandato de Cambiemos podría incluir este rubro: cómo acabar con teatralidades mesiánicas sin practicar mesianismos; cómo desplazar nuestra cultura de republiqueta de cuarta, sin caer en esoterismos propios ni en políticas bananeras.