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Los Libros y sus circunstancias . Ricarlo Alonso

 

Libros, libreros y librerías; bibliotecas, lectores y bibliófilos; libros quemados, condenados o salvados; el libro físico en el amplio universo de las estanterías. En contraposición la nube digital contiene millones de libros virtuales en una biblioteca de Babel soñada por Borges. Buenos Aires fue una de las mecas del libro y de las editoriales. Hoy se abortan bibliotecas enteras a las calles que caen presa del basurero oficial o del cartonero social. Cierran librerías de culto para transformarse en comercios redituables de meras mercancías pasatistas. Se extinguen los libreros de saberes enciclopédicos que son reemplazados por autómatas del clic. Una transformación kafkiana ocurre a la vista de todos en una ciudad que se despoja del alma.

El libro es y ha sido siempre un objeto precioso. Representa la transmisión del conocimiento desde los tiempos más antiguos y evolucionó desde las tabletas de arcilla, papiros y pergaminos hasta la gran invención de Gutenberg en el siglo XV. Se supone que esto es lo más noble y enriquecedor que puede hacer el género humano para transmitir las ideas, las artes y las técnicas en el devenir de la historia de la humanidad.

Billones de libros, en los más diversos idiomas y temáticas, se han impreso a lo largo y ancho del planeta. Las bibliotecas públicas evolucionaron para contener desde centenares hasta millones de ejemplares. Las bibliotecas privadas llegaron a atesorar decenas de miles de volúmenes. El salteño Gregorio Beeche, Bartolomé Mitre, Pedro Arata, Matías Errázuriz, Carlos M. Mayer, Horacio Zorraquín Becú, Enrique Ferrer Vieyra, Rafael Alberto Arrieta, Bonifacio del Carril, Julián Cáceres Freyre, entre otros, fueron grandes bibliófilos y dueños de impresionantes bibliotecas.

Argentina fue mundialmente reconocida por sus numerosas librerías de la calle Corrientes o Avda. de Mayo que permanecían abiertas hasta la medianoche acompañando la vida cultural de teatros, cines y otros espectáculos. Editoriales, imprentas y librerías eran un imán para intelectuales del mundo hispánico que llegaban a la Buenos Aires del siglo XX como una meca soñada. Victoria Ocampo publicó en Sur a los mejores autores de su tiempo.

Gabriel García Márquez alcanzó fama universal y el premio Nobel con su novela “Cien Años de Soledad” publicada en la editorial Sudamericana. Los libreros sabían de libros, especialmente los dedicados al libro viejo, raro o antiguo. No necesitaban de una computadora para saber dónde estaba el ejemplar buscado. Asesoraban con sabiduría sobre ediciones y editores, traducciones y traductores, ex libris, firmas autógrafas y dedicatorias, valor de las encuadernaciones, antiguos dueños de los volúmenes, ejemplares numerados, en fin, todo lo relativo al fascinante e inabarcable mundo del libro.

Más allá de las fantasías que rodean a ciertos textos en cuanto a que su lectura o contenido pueden llevar a la locura o a la muerte, el libro en sí es indiferente y está más allá del bien y del mal. Obras tales como El libro de los Muertos, El libro de los Condenados, El Necronomicon de Lovecraft, Los cantos de Maldoror del Conde de Lautreamont y tantos escritos más, sólo representan el pensamiento de los hombres que las engendraron.

Sin embargo en nombre de esos conocimientos se quemaron bibliotecas completas a lo largo de la historia humana. Por diversas razones, fanáticos de distinto signo y origen, generaron tanto en la antigüedad como en tiempos modernos, la destrucción de bibliotecas enteras que ardieron llevándose para siempre obras, documentos y manuscritos únicos en su tipo. Hubo un viejo emperador chino que mandó destruir todo lo que se había escrito antes de él, para que la historia comenzara de nuevo en su persona.

Se dice que los musulmanes quemaron la biblioteca de Alejandría, que guardaba la suma del conocimiento del mundo antiguo, por la simple razón de que ya el Corán contenía todo lo que había que saber y creer. Según el Califa Omar, el Corán era la suma de todos los conocimientos o sea que si ellos estaban en el Corán no tenían sentido y por tanto se podían eliminar y si contradecían el libro sagrado con más razón había que destruirlos.

Diego de Landa mandó destruir los Códices Mayas para extirpar idolatrías, ya que en su caso la Biblia era el único y verdadero libro del pueblo de Dios. Los nazis mandaron a quemar todos los libros judíos en la famosa “Noche de los Cristales Rotos”.

En Berlín donde se hizo la gran pira de libros, hay un cristal en el piso y debajo se ve una cámara en el subsuelo con estantes blancos y vacíos que causan una fuerte impresión por la metáfora que representa. Luego de la victoria aliada, “Mi Lucha” de Adolf Hitler, fue mandado a eliminar. Sin embargo volvió a resucitar setenta años después, en 2016, por extinción de los derechos, agotando varias ediciones de decenas de miles de ejemplares y convirtiéndose en un éxito de ventas en Europa.

En nuestro país se registraron expurgos de libros luego de la caída de Perón y también durante la última dictadura militar. En un caso había que hacer desaparecer toda la literatura peronista y en el otro toda la literatura considerada marxista, anarquista, atea y subversiva. Un caso anecdótico se dio con un militante de la izquierda universitaria al cual fueron a secuestrarle libros comunistas. Este personaje tenía la biblioteca llena de obras marxistas, pero hete aquí que le secuestraron unos pocos libros forrados en rojo que no eran otra cosa que manuales de física y química. El color de la cubierta fue suficiente evidencia para el moderno extirpador de ideologías. Se cuenta de otro caso en que a alguien le secuestraron obras sobre el cubismo pensando que las mismas estaban referidas a Cuba.

El hábito no hace al monje. Todo libro puede ser leído más allá de su contenido religioso, filosófico, político o ideológico. No hay verdades absolutas y ningún libro resume el conocimiento universal. Ni tampoco pueden hacerlo miles de enciclopedias de decenas de gruesos volúmenes. Y aquí, otro sí digo. La única angustia que compartimos con muchos bibliófilos y amantes del libro es no poder devorar los miles de ejemplares que todos desearíamos. He recorrido bibliotecas magníficas que me han encandilado, tanto aquellas olvidadas de la antigüedad, como Celsus y Pérgamo y otras modernas, entre ellas la del British Museum.

Pasé decenas de horas en la biblioteca de Cornell en Estados Unidos, visité la vieja biblioteca de Potsdam que quedó dentro de un viejo cuartel de la policía secreta Stassi, las de Madrid, París, Lima, en fin de cada una de las ciudades que recorrí. Lo mismo con las librerías. No hubo ciudad que visitara en cualquiera de los países y continentes en que no me haya sumergido en sus nutridas librerías buscando los ejemplares únicos y deseados.

El libro hoy circula por millones en internet. Libros para todos los gustos, los e-book, están a solo un clic de distancia. El libro físico pesa, ocupa lugar, se llena de polvo o humedad, lo devoran los insectos y comienza a ser un objeto que, para algunos, estorba y molesta. Las bibliotecas armadas con tanto amor y sacrificio por su primitivo dueño, se arruinan, destruyen o dispersan. Son el anti pasto de las nuevas generaciones digitales.

Asimismo he visitado asiduamente Buenos Aires durante los últimos 40 años. Conocí a grandes y míticos libreros, hombres de conocimientos y saberes enciclopédicos. He visto la transformación de librerías de culto en locales comerciales de baja índole. Señores libreros son reemplazados por empleados autómatas, limitados, con igual plasticidad para vender libros, hortalizas o vestimenta.

Pero lo peor ha sido ver cómo año tras año, bibliotecas enteras terminan tiradas en la calle a disposición del camión de basura o con suerte del cartonero. Buenos Aires ha sufrido una metamorfosis kafkiana. Así como una casa sin libros es una casa sin alma, Buenos Aires está perdiendo el alma. La inseguridad reina todo el día pero especialmente cuando empieza a atardecer. Roban en plena calle y a plena luz del día. Los comercios en pleno microcentro cierran presurosos sus puertas y persianas metálicas antes de la caída del sol.

Tal vez resulte demasiado pesimista pero ese es el Buenos Aires de hoy, una ciudad que arroja a la basura sus libros y apaga sus luces al atardecer.