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Ya se acerca el invierno y la triste postal de los pequeños sin abrigos ni calzados adecuados, duele de solo ver.

En medio del barro, la lluvia, el frío o el sol, los chicos acuden día a día para almorzar los platos sencillos que prepara con mucho esfuerzo y cariño Mirta Salvatierra, una vecina del barrio que se levanta todos los días al alba para juntar la leña necesaria para prender el fuego que cocinará los alimentos.

Una vez desocupada la olla del postre, que es lo que hace primero, Mirta se dispone para realizar el plato principal que alimentará a más de 40 niños del barrio. Todos los días, se cocina al fuego, a base de leña, ya que no tienen ni siquiera una cocina, y mucho menos gas.

Cabe destacar que los alimentos y la mercadería para abastecer a los niños es donada por diferentes vecinos y almas generosas de la comunidad rosarina. No reciben subsidios de ningún tipo.

Desde hace cuatro meses, con gran esfuerzo, en el barrio Santa Ana funciona el comedor Sueños y Esperanzas, en el patio de doña Mirta Salvatierra. La iniciativa fue de Rubén Darío González, conocido como Piturro, quien dijo que fue creado para la gente del barrio, ante la necesidad.

Patio de tierra

El patio es de tierra y cuando llueve queda todo completamente encharcado, pero nada los detiene. En el lugar reciben el almuerzo a diario 43 chicos de familias de escasos recursos.

“Esto se creó por inquietud de unos vecinos. Yo soy nacido y criado acá y he compartido mi vida con estas personas. Nos conocemos y nos planteamos abrirlo por la necesidad que hay. Entonces decidimos emprender esto desde hace cuatro meses”, comentó González a El Tribuno.

“Piturro”, con su esposa Valeria de los Ángeles Moyano, tratan de conseguir la mercadería y lo necesario para cocinar.

“Doña Mirta se encarga de preparar los alimentos, es el motor de este comedor. Busca las soluciones a todo; sin ella esto no sería posible”, relató el vecino solidario a El Tribuno.

Comentó que una vecina rosarina donó la primera olla, juntaron mercadería y ropa. Así comenzó a funcionar.

“Llevamos un control de todo en un cuaderno de registro, para que todo sea transparente. Llevar adelante un comedor en estos tiempos es muy difícil por la crisis económica, pero los chicos tienen hambre y eso nos impulsa a continuar con nuestro mayor esfuerzo”, expresó “Piturro”.

Los chicos ya son una gran familia que comparte el almuerzo.

Las necesidades

El lugar necesita mucho. Cada niño llega al comedor con sus platos, cubiertos y vasos, porque no hay a disposición. También piden bancas, porque comen parados.

“Hay mucha gente que nos colabora con lo que puede y entre todos nos damos una mano. Con el grupo que tenemos vamos consiguiendo las cosas. Esto era un comedor al aire libre, luego conseguimos hacer un techo, pero la idea es cerrarlo, construir una cocina y lograr que los chicos puedan estar cómodos”, detalló.

Los niños requieren calzados y ropa de abrigo, además de la mercadería necesaria para subsistir el día a día. 

El comedor necesita cubiertos, platos, manteles, materiales de construcción entre las principales necesidades.

Sin dudas, el nombre de “Sueños y Esperanzas” es la identidad, la cultura y el sueño de muchos de los niños de ese humilde barrio. 

Ellos aseguran que sus sueños al ser grandes es convertirse en maestra jardinera, veterinario, policía o gendarme, entre las principales profesiones.

Gran parte de los chicos asisten al Cuerpo Policial Infantil (CPI), perteneciente al área comunitaria de la dependencia policial 31. 

Allí reciben contención social desde hace más de cinco años. La institución es, sin dudas, también, parte de su identidad.