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El derrumbe se construyó a partir de este gol de Isco, el que selló el 3 a 1; Caballero está a punto de caer, mientras los defensores acompañan la escena, sin saber cómo frenar la debacle

Camino a Rusia 2018 - El derrumbe se construyó a partir de este gol de Isco, el que selló el 3 a 1; Caballero está a punto de caer, mientras los defensores acompañan la escena, sin saber cómo frenar la debacle Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio

Fuente:La Nación On Line

 

MADRID.- Isco lleva una sonrisa en todo el cuerpo y la pelota, firmada por todos sus compañeros, debajo de su brazo izquierdo. Son las 0.07 del miércoles ya, y por el pasillo privado que conduce a la salida del estadio desfilan gestos encontrados. Cinco metros detrás del triple goleador de la noche viene Javier Mascherano, con las manos en los bolsillos y la mirada vidriosa. Como Fabricio Bustos, el chico que apenas contiene las ganas de llorar. Los jugadores argentinos desandan la zona mixta sin hablar. No pasa Lionel Messi, que abandonó el palco 12 minutos antes del final de la paliza que se llevó la selección argentina de un fascinado Wanda Metropolitano por el toqueteo español. El capitán ya lo hizo en el vestuario, dos veces en una hora: la primera, en el entretiempo, cuando bajó a tratar de empujar la remontada y la otra, cuando sus compañeros llegaron al vestuario con el lacerante 6-1 sobre las espaldas. Más presencia que discursos: no hay mensaje que ahora pueda levantar esta pesadumbre.

Una trompada en la cara. Un baño de verdad, a menos de dos meses de la cita esperada. Una demostración contante y sonante de una realidad grande como Rusia, el país que la Argentina pretende conquistar: sin Messi, la selección argentina no da la talla ante las potencias. Puede pelear, trabar, meter la pierna, empujar. Pero difícil que juegue bien, que compita en serio contra los que portan la chapa de candidatos a ganar el Mundial. El histórico 6-1 que se tragó aquí no funcionará de despertador de nada, porque todo lo que no se tiene ya se sabía: no hay medio campo, no hay columna vertebral, no hay jerarquía de equipo grande sin el 10. Una molestia muscular, entonces, puede valer salir a la cancha a jugar a lo que se puede, nunca a lo que se quiere.

El resultado puede ser exagerado, sí, pero es un detalle que no cambia la lectura. Hay una diferencia conceptual, técnica y hasta emocional muy grande entre la Argentina y España. Es la foto del hoy. Se sabe, todo puede pasar en un Mundial, cuando incluso los imponderables resultan decisivos: una lesión, una expulsión, un gol fallado... Pero a no equivocarse: si se tratara de un campeonato largo, la selección ahora mismo no podría presentarle batalla por el título a equipos así. Lo que ocurra entre junio y julio, claro, será una historia que empezará a escribirse entonces. ¿Le alcanzarán entre tres semanas y un mes de preparación a Jorge Sampaoli para armar un equipo que hoy ni por asomo es? ¿O deberá encomendarse a Messi? Messi, el ausente que se nota siempre.

España obligó a la Argentina, ante la evidente superioridad local en la capacidad para asociarse en cualquier lugar del campo, a correr siempre de atrás. El desgaste no fue solo físico: sobre todo, mental. No hubo, a lo largo de todo el partido, una manera de encasillar a los futbolistas locales en una posición. ¿Qué es Thiago Alcántara? ¿Volante central? ¿Interior izquierdo? ¿De qué juega Isco? ¿De extremo izquierdo o derecho? ¿O en el medio? ¿Dónde marcar al maestro Iniesta, el más aclamado? ¿En el arranque? ¿En tres cuartos? "Ellos tienen todo lo que nosotros deseamos", había dicho Sampaoli el día anterior cuando le pidieron que destacara la máxima virtud de España. Pelearle la posesión al equipo que hizo de ese concepto una religión sonaba a objetivo inalcanzable. Y el andar del partido lo demostró. Lo que podía hacer la selección, disminuida por la ausencia de Messi, era agruparse para viajar junta de lado a lado. "Tenemos que ser un vagón, no un tren", había trazado la idea el DT. El tren vino de frente y se llevó todo puesto, con una efectividad quirúrgica: remató seis veces entre los palos, gritó seis goles.

Paradojas: la cara la dio sobre todo el debutante Maximiliano Meza, audaz para encarar y peleón contra cualquiera, por más que se llamara Sergio Ramos. Una pequeña buena noticia en medio del derrumbre. El gol de Otamendi, con un cabezazo limpio tras un córner ejecutado por Banega, cortó por un rato los "ole" de la gente y sobre todo la sensación de que podía venir algo peor para la Argentina. Pero no: se trató apenas de una infundada esperanza. Cuando la derrota parcial se empezó a transformar en una debacle vinieron los cambios de Sampaoli para intentar detener la hemorragia, un río colorado a esa altura de la noche.

Algunas de esas decisiones del DT fueron mensajes fuertes: cuando el partido se puso 4-1 quitó de la cancha a Mascherano, Higuaín y Banega; de la vieja guardia, solo Biglia se mantuvo hasta el final, y no porque se haya salvado del incendio: el DT agotó los seis cambios posibles. El retrato definitivo tuvo caras de escaso recorrido con esta camiseta: Caballero, Tagliafico, Acuña, Pablo Pérez, Meza, Pavón, Lautaro Martínez y Lo Celso fueron ocho de los 11 que terminaron el partido. Para el chico de Racing, deseoso de mostrarse, el debut en la selección le quedará como un recuerdo infeliz: ¿qué podía hacer en el medio de semejante descalabro?

Siguieron cayendo goles a la par de los errores groseros de la Argentina, incapaz de hacer algo más para defenderse. Ya no hubo modo de tapar una verdad grande como un templo: sin Messi, hoy la selección no es más que un equipo del montón.