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Messi es el eje de la selección, en el centro de las deliberaciones de Becaccece, ayudante del técnico, y el propio Sampaoli

Camino a Rusia 2018 - Messi es el eje de la selección, en el centro de las deliberaciones de Becaccece, ayudante del técnico, y el propio Sampaoli Fuente: La Nacion On Line

 

Andres Eliceche
 
La duda asaltó cuando nadie se lo esperaba y se extenderá hasta poco antes del amistoso con España: el capitán volvió a sentir molestias en el aductor derecho y no tendría sentido arriesgarlo; el peso de su figura decide cada paso del plantel

 

MADRID.- Le duele mucho, poquito, nada. Le duele. Mucho. Poquito. Bueno, le duele algo. Juega, seguro que juega. Juega pero solo 45 minutos, para no arriesgar. Tal vez juega. Difícil que juegue. No tiene sentido que juegue, que no juegue. No juega.

El aductor derecho de Lionel Messi vale un millón de especulaciones, que no se terminaron ni cuando el mejor futbolista del mundo se fue a dormir aquí, pasada la medianoche del lunes, a menos de 24 horas del partido entre la Argentina y España. A esta altura resulta imposible desarmar el sistema concéntrico que orbita alrededor del capitán. Si él es el depositario de las mayores responsabilidades, si sus compañeros lo esperan como a quien viene a salvarlos, si el entrenador le confiere el poder sobre el colectivo, ¿cómo no vivir a expensas de, en este caso, una molestia muscular? Ya no podrá Messi correrse de ese lugar, si es que se lo propusiera. Para lo bueno y para lo malo, ocupar ese rol -¿lo exige?, ¿lo necesita?, ¿lo disfruta?- lo pone de cara a situaciones así: había que ver el revuelo nervioso que atrapó a todo el ecosistema de la selección a la hora de la cena en el hotel Eurostars Madrid Tower, cuando el rumor sobre su posible ausencia en el partido creció como un río dispuesto a llevarse todo puesto.

Pero no era el agua del Manzanares, que pasa por la capital española, el que sonaba. Lo que generaba susurros y cavilaciones nerviosas era el comentario del propio jugador, a la vuelta de la práctica en la que había participado normalmente. "Me molesta", refirió, y entonces se activaron las alarmas. La idea de Jorge Sampaoli fue la misma que tuvo desde que comenzó la gira: si no se siente seguro, que no juegue. ¿Qué tiene que demostrar? ¿Revertir su historial personal contra la selección que lo quiso tener y él rechazó tantas veces para cumplir su deseo de jugar para la Argentina? Una nimiedad. "No hay que exagerar, quizás se siente bien cuando se levanta y decide jugar. Mejor esperar", razonaba ya de madrugada una persona del círculo íntimo del crack. Con esa incertidumbre se fueron todos a la cama, después de haber trabajado dos días con Messi como amo y señor del equipo que craneó Sampaoli para enfrentar a "la mejor selección del mundo", según su propio ranking.

Todo está sobre la superficie. Decidido a seguir al pie de la letra la que considera la mejor estrategia posible, el entrenador resolvió un tiempo atrás que debía elevar a Messi, a la vista de todos. ¿Necesidad o conveniencia? El entrenador no se lo plantea en esos términos, aunque la imagen de su autoridad puede verse opacada cuando se expresa así: "Es imposible enseñarle algo. Leo es inalcanzable; hay que entenderlo, hay que lograr que su estado de confort sea el óptimo. Hay que aprender cómo acompañarlo", había dicho unas horas antes -cuando el dolor de Messi no había reaparecido y se daba por sentado que jugaría-. En el interior del estadio Wanda Metropolitano, apuntado por decenas de cámaras en una sala de conferencias gigante y desangelada, el entrenador fue un paso más allá del que había dado en Manchester cuando dijo que el equipo era "más de Messi" que suyo.

El hombre, al que el capitán recibió una vez con un asado en su casa catalana, está convencido. Cumple el sueño de dirigirlo, que tantas veces había expresado. Pero conocerlo en un sentido amplio lo hizo cambiar sobre la marcha. Sampaoli considera que debe elegir un segundo plano para él. Un técnico intervencionista, apasionado por el detalle, le entrega la libertad incondicional al jugador que puede llevar a la Argentina a ganar el Mundial. "El fútbol es de los futbolistas. Leo es el mejor del mundo desde hace tiempo, tiene la potestad. A partir de él se generan cosas que con otros no pasa. Se adueña del lugar. Entonces tenemos que acompañar esa decisón, desarrollarla y apuntalarla", argumentó en tono didáctico. Lo hizo antes de buscar un nuevo elogio: "Su lente está mucho más desarrolado que el nuestro. Nuestro diálogo es constante, veo que tiene un alto grado de convencimiento sobre lo que hacemos". Si Guardiola era el mejor intérprete de los silencios del primer Messi, Sampaoli se propone ser un interlocutor a la altura, ahora que el chico se hizo hombre y, a los 30, está a punto de jugar su cuarto mundial.

Como contra Italia, la contingencia Messi obligaría a Sampaoli a jugar con una formación que no practicó. Maneja un abanico de posibilidades, ninguna que mínimamente disimule la ausencia del jugador total. Lo Celso podría colocarse en la posición del 10, detrás de Higuaín, con dos a sus costados: ¿Lanzini -si se recupera- o Meza a la derecha y Pavón a la izquierda en un esquema 4-2-3-1? Del resto no hay dudas, según lo que sucedió en el entrenamiento de la tarde en la ciudad deportiva de Real Madrid: Bustos y Tagliafico repetirán como laterales, Rojo -en su debut en la era Sampaoli- acompañará a Otamendi en el eje de la defensa, Mascherano recuperará su posición de volante central y Banega será el interior que intente iniciar el juego. Con Messi o sin él, el técnico argentino está decidido a pelearle la posesión a España, el rey en ese ítem. "Jugar sin la pelota sería un error. Nosotros tenemos que tener una cultura y defenderla. Si creemos que ellos son superiores, es un riesgo discutirle la posesión; si creemos que contamos con los elementos para hacerlo, es un desafío. Tenemos que protagonizar siempre", plantó su bandera. Aunque se inclina ante la jerarquía del rival: "Tiene todo lo que nosotros deseamos"

Mientras habla Sampaoli, del otro lado empieza a prepararse una fiesta. Unos 15 mil hinchas se asoman al entrenamiento en el atardecer de un lunes espléndido: la nueva casa del Atlético de Madrid, un estadio con olor a nuevo, abre sus puertas para ofrecer el toqueteo de la mezcla que conforman la generación dorada y la sangre joven. Toca Sergio Ramos, capitán imperial, toca Andrés Iniesta, guradián del estilo, toca Gerard Piqué, algo resistido en esta tierra por su férrea catalanidad. Pero también tocan los que quieren ser como ellos: Asensio, Isco, Nacho, Rodrigo... La casa está en orden, con el libreto de la posesión y el pase aprendido y transmitido de arriba hacia abajo. En la antesala del último amistoso previo al Mundial de Rusia, y entre tanta sensación de asunto controlado -17 partidos invictos-, solo un nombre provoca un cosquilleo: Messi. Otra vez Messi. El de siempre. ¿Jugará Messi?