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El festejo argentino tras la clasificación

Mundial Rusia 2017 - El equipo argentino logró escapar de la eliminación al responder a las presiones con más convicción que fútbol, y para eso contó con Lionel Messi, un capitán que fue alma y corazón en el campo

Fuente:La Nacion

 

 

Cristian Grosso
 
El festejo argentino tras la clasificación. Foto: @Mascherano

QUITO.- Uno de los milagros del fútbol es su capacidad de reinvención. Cuando la tristeza parece que ha llegado para quedarse, cuando la desdicha es el peor de los inquilinos, la esperanza renace a una velocidad insólita. La máquina de relanzar ilusiones se encarga de todo. Y con la selección mucho más, quizá porque las frustraciones no le han dado respiro en los últimos años. Lionel Messi conecta otra electricidad y todo vuelve a empezar, en un ejemplo de energía renovable fascinante. La Argentina está de pie. La reanimación ocurrió en los 2856 metros de esta ciudad, donde el carácter es imprescindible para no volver con las manos vacías. Porque los simbolismos gravitan en el fútbol, que en definitiva es un estado de ánimo. La selección rompió la inercia negativa que la arrastraba por las eliminatorias y enderezó el rumbo cuando se agotaba el tiempo para enfocar el puerto: finalmente ancló en Rusia.

La selección se escapó in extremis del escenario más espeluznante y se entregó al reparador fervor del desahogo. Porque una atmósfera dramática también la componen el alivio, el llanto atrapado, esa voz ronca de tanto gritar y las camisetas arrojadas a los hinchas. El llanto, las imploraciones celestiales y las citas divinas acompañaron el desahogo, para comprender la ciénaga de la que alcanzó a escabullirse la selección, que a los 45 segundos ya perdía. En la desesperación, un brujo apareció por mandato de la AFA para darle ribetes circenses a un tema deportivamente grave. La Argentina sintió en el cuello el helado filo de una daga y se aferró hasta al ridículo. La Bombonera, el brujo Manuel..., gestión Claudio Tapia. Para no olvidar.

Adrenalina, éxtasis y pavor. La Argentina que vivía en sequía goleadora, debía hacer dos después del mazazo de Renato Ibarra. Quizá porque hay que llegar a la desazón para que el sentimiento se potencie. Messi se transformó en bandera, en una porción de patria. Y cuando él transmite una sensación de plenitud, al rival sólo le queda rendirse. Y admirarlo con disimulo. Con él, por él, la selección salió enseguida del aturdimiento. En pared con Di María, Messi rompió el hechizo. Una pelota suelta unos minutos después y el latigazo alto para que el alma volviera al cuerpo. Fueron infartantes 12 minutos de superacción.

Vaporoso, no era la noche para pedirle al seleccionado recorridos estéticos. Sí vergüenza y rebeldía. A veces, un estado de ánimo puede alcanzar hasta para ser campeón. No había un título en juego... ¿o sí? Emocionalmente rocoso como nunca, el grupo asumió el duelo con Ecuador como una final. La Argentina salió de caza, una manada decidida. Con corporativa agresividad, imaginando que detrás de la victoria había un regalo inmenso: el alivio. Lo buscaron, lo forzaron. Y no les iba a importar ni el moño ni si estaba envuelto en papel de seda.

 

Responder bajo presión

Si la madurez del grupo estaba en observación, respondieron. No debían fallar. Y lo consiguieron bajo la presión de la desventaja inicial. Este grupo de jugadores no sabe de títulos con la selección, pero vaya si estarán entrenados en la adversidad. Tanta inestabilidad se rebela en estos momentos como un valor. El cambio de entrenador, los altibajos en los rendimientos, las sospechas agazapadas y el desencanto popular, las críticas feroces... todo parece haberles endurecido la piel. Viven el peligro cuando juegan por su país, y desde ese sentimiento de supervivencia desactivaron otra condena. La peor.

En la altura ganó un equipo con la piel dura. Esta victoria fue más un ejercicio de convicción que de buen fútbol. La del carácter indomable ante situaciones límite.

Sin la pelota se corre más y se piensa peor, por eso asomaba con preocupación que Ecuador amenazara con robarse la posesión en el comienzo del segundo tiempo. Pero volvió Aladino al estadio Atahualpa, una vaselina deliciosa, otra genialidad de Messi para sentenciar el duelo. Una actuación de fábula, para darle ribetes épicos, para golpear a las puertas de la leyenda y arruinar el miserable debate que dice que solamente los campeones se sientan en la mesa de los grandes. Messi rescató a la Argentina del destierro en la actuación más trascendente de su historia albiceleste.

 

Ver qué se hizo mal para crecer

 

La Argentina exorcizó sus demonios. Confirmó esa esencia de equipo desconcertante, capaz de infundir temor y a la vez no despejar varias intrigas. La Argentina embiste sin convencer y justamente eso la transforma en un seleccionado de temer de aquí en más. Llegó a Rusia, se metió en la selva. Calificado en las apariencias, indefinido en el contenido y con peligroso encanto por caminar por la cornisa. Naturalmente se sumará a la línea de candidatos, pero sólo dará señales de crecimiento si entiende que durante dos años hizo todo mal.

La espera pareció interminable. Pasaban las fechas y Moscú seguía bajo la niebla. Es que el fútbol vive de caprichos, méritos y culpas. Un error disfrazado de verdugo, un adversario superior, varios dirigentes de poco vuelo, alguna conducción técnica incapaz o simplemente mala suerte. O todo junto. Fueron las peores eliminatorias, y sin embargo la selección se escapó del infierno. Con Messi, por Messi, alma, duende y corazón. Quizá sea el anticipo de una nueva era que esté por llegar.